República Dominicana para los dominicanos

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Los derechos humanos, no son derechos civiles. Todos nacemos con el derecho inalienable a la vida, esto es universal. Pero si usted nació en Haití, no nace con el derecho universal e inalienable a vivir en República Dominicana o de acceder a los servicios públicos de este país. Ese es un derecho civil que se adquiere porque nació aquí, pero que también puede adquirir si sigue los procedimientos y cumple con las condiciones establecidas en el conjunto de normas por las que se rige nuestra sociedad y que son fundamentales para proteger los derechos de los dominicanos.

Si vamos a universalizar cada derecho civil, debemos aceptar las consecuencias partiendo de que nuestro precario nivel de vida, se volverá aún más insostenible, pues no podremos cubrir siquiera las actuales demandas de nuestra gente. Muchas veces se ha querido ridiculizar desde la Comunidad Internacional y ONGs locales con financiamiento extranjero, a quienes expresan su incomodidad con esta realidad, poniendo por encima de los intereses patrióticos sus intereses particulares.

A los dominicanos nos resulta muy difícil permanecer tranquilos ante el colapso de nuestro sistema de salud pública, por ejemplo, sabiendo que tantas personas se aprovechan de él sin contribución alguna y sin interés de contribuir para su fortalecimiento. Esto ocurre bajo la mirada indiferente de quienes sencillamente tienen la posibilidad de ir a clínicas privadas y no entienden la desesperación que se apodera de nuestros ciudadanos de a pie.

Ustedes se preguntarán, ¿no tenemos el deber, como país cristiano, de ayudar a las personas necesitadas? Por supuesto que sí. Pero es un deber compartido que no puede descansar únicamente sobre los hombros de los dominicanos. Durante demasiado tiempo, se ha visto el drama humano que vive Haití como un problema exclusivo de nosotros, queriendo establecernos como Estado pivote, una especie de contención del éxodo que a todo costo quieren evitar llegue a su territorio.

En nuestro país, no solo no tenemos la salud, educación y seguridad que merecemos, sino que en muchos casos tampoco el agua potable. Entonces, cuando decimos que no hay límites y que todos pueden contar con nuestra solidaridad, contribuya o no, sea dominicano o no, nuestro Contrato Social, ya maltratado, se debilita aún más.

Los dominicanos hemos actuado a lo largo de la historia como una mano amiga del pueblo haitiano y seguiremos haciéndolo, pero no podemos renegar del compromiso con nuestra gente para complacer a quienes se hacen de la vista gorda en el exterior. Es momento de dejar atrás los paliativos, que no hacen más que administrar el caos, para en su lugar asumir la responsabilidad con la construcción de un Haití funcional con apoyo global.

La eliminación de nuestra identidad nacional es un peligro que no podemos permitir se fortalezca en aras de un falso altruismo. El estado nación es literalmente vital. Tengamos cuidado de que el sueño de las personas inescrupulosas no termine deviniendo en una pesadilla para todos nosotros.

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