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El abogado penalista tiene algunas divisas que lo distinguen, por ejemplo: la rapidez. Un penalista siempre anda rápido, a veces con la corbata mal anudada, la toga entre los brazos, un folder con algunos documentos (en fotocopia) y un par de leyes en las manos. El asunto es llegar al destacamento de la Policía, a la fiscalía barrial o al Palacio de Justicia rápido. Y esto por varias razones: 1ro. Para quedar bien con el cliente y poder cobrarle un par de miles de pesos para “ir caminando” o “para los sellos”; 2do. Para que otro abogado penalista que pulula por el lugar no le quite el cliente, ofreciéndole el mismo servicio, pero por unos pesos menos.

Otra característica del abogado penalista es que se especializa, muchas veces, sólo en una de las etapas del proceso penal. Unos tienen maestría en los destacamentos de la policía y solo se calan la toga para ir a las medidas de coerción, de ahí no pasan. Inclusos, muchas veces, suben sin cobrar por litigar, solo con la esperanza de “buscársela” si logran una garantía económica por contrato. Otros, en cambio, llegan hasta las apelaciones de las medidas de coerción, pero no van a las preliminares. Ahí ya es otra camada. Los menos, los más expertos: van a los juicios “de fondo”.

También, un penalista que se precie de serlo, es gremialista: vota en las elecciones del Colegio de Abogados y muchas veces está en una plancha de las que pugnan por dirigir al CARD. El día de las votaciones no falta, y luego de éstas, con lo que incluye de sudadera, vocear cosas, empujar y, a veces, hasta pelear, van las obligadas “frías” en el colmado más cercano con los compañeros de oficina o de plancha y los amigos de promoción que tenía mucho tiempo que no veía.

Los penalistas, en la mañana temprano, antes de las audiencias, pasan por el colmado o la cafetería más cercana al Palacio de Justicia a tomarse un café, comentar la actualidad y enterarse de los chismes “del patio”.

A la hora del almuerzo, como es de rigor, va a la fonda más cercana, siempre acompañado, pues un penalista nunca anda solo. Al final siempre hay un café y, si hubo una picada en el día, acompañado de algún brownie.

Tras el almuerzo vuelve a la oficina que, normalmente, comparte con varios colegas y se turnan para sentarse a escribir o a recibir a los clientes. Y siempre tiene un escrito que hacer al que se le está por vencer el plazo y lo termina depositando a la carrera y sudando casi a las 4:30 pm.

Finalmente, ya cayendo la tarde, un penalista de los de verdad, de los de fuste, va al colmado correspondiente a “bajarse un par de frías” con sus pares, antes de irse a tomar el vehículo del transporte público para llegar a su casa, siempre contento y satisfecho por las batallas del día. ¡Loor al abogado penalista!

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