¡No generalicemos!

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Por la condenable conducta de unos pocos, no se puede juzgar al conglomerado. Observemos en las instituciones el comportamiento de la mayoría, pues en esa mayoría radica su esencia. Los cultivos de manzanas, por mejor cuidado que tengan, siempre darán algunas frutas indeseables.

Cuando éramos jóvenes y nos invadían cuestionamientos sin claras respuestas, en las tertulias discutíamos sobre el origen del bien y del mal y de si debíamos confiar en los demás. Era un tema que sabíamos marcaría nuestra visión con relación a los hijos de Dios y a la importancia del entorno donde se desarrollan.

Recuerdo que fui –y soy– un abanderado de la tesis de Jean-Jacques Rousseau en el sentido de que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe –entiendo que son muchos factores–; otros se inclinaban por pensar como Nicolás Maquiavelo y afirmaban que el hombre es malo por naturaleza.

También defendía con energía que creía en el ser humano, sin dejar la prudencia de lado. Si alguien –les expresaba a mis amigos– me engañaba o me decepcionaba, era el precio que debía pagar por confiar razonablemente en la gente.

Me encanta relacionarme con el prójimo de manera libre, sin delirios de persecución, viendo en principio a cada uno como hermano o aliado, no como enemigo o distante. Así logramos vivir más en paz y en armonía con nosotros mismos y con lo que nos rodea.

Pero, aunque estemos convencidos de que somos buenos por naturaleza y debemos tener fe en nuestra raza, siempre aparecerán algunos que romperán aquellos esquemas donde se nos permite cometer los errores propios de nuestra condición imperfecta, con nuestras fallas y debilidades.

Desde que tengo uso de razón soy católico. He conocido muy de cerca cientos de sacerdotes, religiosos, diáconos, presidentes de Asamblea, promotores de las enseñanzas de Jesús y pueblo llano que asiste a la Iglesia. También he tratado a miembros de iglesias hermanas. Y casi la totalidad son íntegros y están entregados a su causa de corazón, con el bien como norte.

Y digo lo mismo de personas de otras áreas a las que me dedico, incluso tal vez con mala fama. Tengo 30 años ejerciendo la abogacía y un altísimo porcentaje de los profesionales del derecho con los que me comunico actúan con ética. Y aunque parezca extraño para algunos, igual ocurre con los políticos que trato, abarcando todos los partidos e ideologías. A mis conclusiones agrego artistas, amantes del deporte y las instituciones que los agrupan.

Por ello, repito, nunca juzguemos al conglomerado en base a las inconductas de unos pocos, las cuales deben ser
sancionadas. No es justo, no es real.

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