¿Eres indiferente con los pobres?

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En su “Canción en harapos”, Silvio Rodríguez expresa esta joya: “Qué fácil es suspirar ante el gesto del hombre que cumple un deber/Y regalarle ropitas a la pobrecita hija del chofer/Qué fácil de enmascarar sale la oportunidad/Qué fácil es engañar al que no sabe leer”.

Y continúa: “Desde una mesa repleta cualquiera decide aplaudir la caravana en harapos de todos los pobres/Desde un mantel importado y un vino añejado se lucha muy bien/Desde una mesa gigante y un auto elegante se sufre también/En un amable festín se suele ver combatir”.

“Teorizar” sobre los pobres es tentador. Muchos se consideran expertos en la materia. Y los que lo hacen no son pobres y suelen opinar en ambientes “burgueses”, en hoteles de lujo donde se les prohíbe la entrada a los que no tienen voz, a los desamparados.

Allí se les trata como a reyes, porque si el aire acondicionado no está en la temperatura adecuada o el menú no presenta sus platos favoritos, estos genios no estarán en condiciones óptimas para pronunciar un histórico discurso con relación a los indigentes.

Y se gasta un dineral en promoción, viáticos, transporte, prensa, alojamiento, fotocopias, brochures…Y ni un pobre se beneficia con eso. ¡Qué caro resulta analizar la pobreza! “La pobreza es uno de los mayores males de América Latina”, concluyen eufóricos estos especialistas, como si descubrieran la fórmula de la batata horneada. En ocasiones los invitados a los encuentros de este tipo quizá conozcan más la pobreza por las consecuencias de sus acciones que por haberla vivido o sentido.

Por ello valoro cuando una autoridad moral como el papa Francisco se pronuncia sobre la pobreza. Recientemente, almorzando con 1.500 pobres en el Aula Pablo VI del Vaticano, después de celebrar una misa en la Basílica de San Pedro, rechazó la “indiferencia” contra quienes están en situación de pobreza. Así se expresó: La “indiferencia” es el “mayor pecado contra los pobres” y para los cristianos es un “deber evangélico” cuidar de ellos.

No seamos indiferentes con el prójimo desvalido. La indiferencia implica una pasividad absoluta. Un estado de ánimo momificado.

Nulos sentimientos. Nada de amor, incluso nada de rechazo.

Trabajar para disminuir la pobreza no es asunto de hablar, es de hacer. Y, dentro de nuestras posibilidades, iniciemos en nuestro entorno, ayudando con amor al que más lo necesita, como por ejemplo, pagando salarios adecuados. No gastemos en una cena miles de pesos para al día siguiente negarle 100 pesos a la que nos cocina, al que cuida a nuestra familia, a la que lava y plancha nuestra ropa. Prediquemos con el ejemplo, lo demás son palabras, palabras, palabras.

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