Vacunación en Tamboril

El anuncio estaba más que claro: vacunación contra el Covid 19 para adultos de 70 años en adelante, lo que se transformó en 65 años.
Ya a las siete de la mañana la entrada este del hospital tenía cuatro filas: los que tenían bastones, los que tenían más de 80, los que no sabían nada y se metían en cualquiera y otra fila para demostrar que somos dominicanos y si hay que hacer otra, la hacemos.

Ya pasaba de las diez de la mañana todo el mundo elaboraba sus teorías conspirativas: que al parecer no era para hoy, que las vacunas no habían llegado de la Capital, que los médicos no empiezan antes de las once…

Allí me topé con reconocidos tamborileños que, a pesar del disfraz de la mascarilla uno detecta al vuelo.

De repente, llega una guagua que la gente creía que era el cargamento chino y al rato apareció Bolívar, el director con aspecto calmoso y parsimónico. – Que nadie se preocupe, que vamos a vacunarlos a todos. Y una enfermera dijo que esa no era la entrada, que había que dar la vuelta por el patio de manera que los que llegaron de último encabezaban las filas nuevas. A las once apareció un “ven tu” anunciando que el que era alérgico a cualquier medicamento no podía vacunarse lo que le ganó un fuerte griterío de insultos por lo tardío del anuncio. El paquetón se retiró a sus casas.

La lentitud de las filas era desesperante y uno voceó, “eto no e pa’ gente deseperá, aquí hay que tenei paciencia”. Y luego hubo un movimiento en las filas que Democles comprobó que no era más que un apretujamiento.

Entre anécdotas y cuentos se amortiguó la espera interminable de aquel proceso. Cuando pidieron las cédulas para iniciar las inscripciones empezaron a repartir un formulario para ser completado y entregado al momento de la vacuna. Un alto porcentaje no sabía escribir y otro no tenía con qué. De manera que me constituí en un escribidor o tributario como me decían algunos.

Me rodearon más de veinte dispuestos a confesar sus generales. En las preguntas técnicas me inventaba algunas para bajar la tensión y la presión. ¿Le han trasplantado algún órgano, como el hígado, un dedo, o aquello? (Risa), ¿Vive usté con su mujer o con su vecina? ¿Cuántas gallinas tiene usted en el patio? ¿Usa usté calzoncillo? Pero me descubrían al instante porque el que primero se estrallaba de la risa era yo. A muchos tuve que hacerles la firma como si fuera de un miembro de la alta logia, con su garabato y tres puntos correspondiente.

Los llamados a ser vacunados no se oían por el murmullo de las abejas con bozal que esperaban. Llamaron a un tal José Candelario y Democles gritó. ¡A la reeeejaaa! Otros se habían ido a comer porque ya no aguantaban más, a las dos de la tarde.

Oí completa la historia del transporte del pueblo de cuando los choferes pasaban de madrugá a recoger pasajeros para llevarlos a la Capital por la vieja carretera Duarte. Muchos se reían de que habían anunciado que Vickiana se había vacunado y querían que a ellos también los anunciaran.

Luego le cayeron los palitos al bachatero Frank Reyes, “poi freco, abusadoi y deconsiderao”. En la recta final apareció Juan Bo, ex síndico tratando de quitarle protagonismo a los chinos y ganárselos para la futura contienda, lo que es muy inteligente, a menos que la gente lo asocie con el pinchazo y, desde el punto de vista sicológico, lo rechace, por aquellas teorías de Pavlov.

A todo el que hablé, ya vacunado me decía que “ni la sentí”. Al parecer a la mía le pusieron ají picante en la aguja. Narciso el de Isulsa le dijo a Bolívar, que a mí me puso a llorar, aunque el que estaba jimiquiando era él.

La tragedia fue el anuncio final de que no se podía ingerir alcohol en las próximas dos semanas.

Al final todo el mundo salió vacunado, nadie se puso amarillo ni con los ojos planchao, y menos salió hablando caballá en chino.

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