La excepción y la regla (3)

En el camino hacia Urga el changador va cantando alegremente y el comerciante se molesta, le parece infantil e irresponsable que su empleado se ponga a cantar en una zona infestada por bandidos y lo considera irresponsable. Todo lo que el coolí hace le parece sospechoso.
¿De qué trata en realidad la historia, cuál es el meollo del asunto? Evidentemente no se trata de un simple viaje. Desde el principio Bertolt Brecht nos invitó a observar “con atención la conducta de esta gente”, a desconfiar de las apariencias, a no considerar “lo habitual como una cosa natural”. ¿Es natural que el comerciante se preocupe solamente por sus intereses, que no le importe el cansancio ni los problemas que pueda tener el coolí? ¿Es natural que el comerciante se situé en el centro de su universo y que todo lo demás carezca de importancia? El comerciante cree que todo esto es cierto porque “El Dios que creó todas las cosas hizo al patrón y al sirviente. Y está bien así”. Lo natural, o lo que parece natural, refleja entonces el carácter inmutable de la creación y no puede cambiar, no cambiará nunca. Por eso Brecht recela, desconfía y nos invita a desconfiar de todo lo que parece natural, inexplicable e incomprensiblemente natural. Para Brecht nada debe parecer imposible de cambiar.

A ORILLAS DEL RÍO IMPETUOSO
COOLI: Vamos bien, patrón. Lo que vemos ahí es el río Mir. En esta época suele cruzarse con facilidad, pero cuando las aguas crecen mucho, corre con fuerza y es peligroso. Y ahora hay corriente.
COMERCIANTE: Tenemos que llegar al otro lado.
COOLI: A veces hay que esperar una semana para cruzar sin peligro. Hacerlo ahora es jugarse la vida.
COMERCIANTE: Ya se verá. No
podemos esperar ni un solo día.
COOLI: Entonces tenemos que buscar un paso más estrecho, o un bote.
COMERCIANTE: Tardaríamos demasiado.
COOLI: Pero yo nado muy mal.
COMERCIANTE: El agua no está tan alta.
COOLI: (MIDIENDO CON UN
PALO): Me cubriría completamente.
COMERCIANTE: Una vez en el agua, nadarás, pues no tendrás otro remedio. ¿Te das cuenta? No ves las cosas como yo. ¿Por qué debemos ir a Urga? Tonto... ¿No lo entiendes, que se le hace un bien a la humanidad haciendo surgir petróleo del suelo? Cuando salga el petróleo, aquí habrá ferrocarriles y el bienestar se expandirá. Habrá pan, ropa y Dios sabe cuántas cosas más. ¿Y quién lo hará? Nosotros. Todo esto depende de nuestro viaje. Imagínate que las miradas del país entero están fijas en ti... en un hombre humilde... ¿Y aún vacilas en cumplir con tu deber?
COOLI: (QUIEN ASENTÍA RESPETUOSAMENTE CON LA CABEZA MIENTRAS HABLABA EL COMERCIANTE): Soy mal nadador.
COMERCIANTE : Yo también arriesgo mi vida. (EL COOLI ASIENTE CON RESPETO) No te entiendo. Impulsado por tu avaricia y por móviles mezquinos, no tienes ningún interés en llegar pronto a Urga, sino lo más más tarde posible. ¡Claro, cobras por día! Por eso el viaje en sí no te interesa. Sólo tu jornal.
COOLI (A ORILLAS DEL RÍO, C0MO VACILANDO): ¿Qué hacer? (CANTA): He aquí el río. / Cruzarlo es peligroso. /
En la orilla hay dos hombres. / Uno lo cruza, el otro vacila. / ¿Uno es valiente y el otro cobarde? / Más allá del río, pasado el peligro, / A uno le espera un negocio. / Con firmeza atraviesa la corriente, / Toma posesión de su propiedad / Y se regala con comida fresca. / Pero el otro, pasado el peligro, / Ha perdido el aliento y no atina a moverse. / Un nuevo peligro acecha al desgraciado. / ¿Son valientes los dos? / ¿Son sagaces los dos? / Juntos han conquistado al río, / Pero ahora hay un solo vencedor. / Tú y yo no es ahora lo mismo. / La batalla la ganamos juntos, / Pero tú me vences a mí. / Deja por lo menos que descanse medio día. / Estoy cansado de llevar la carga. / Descansando quizá logre llegar a la otra orilla.
***
El comerciante insiste en cruzar el río y el coolí insiste en ser prudente. No sabe nadar bien, está cansado y lleva sobre los hombros una pesada carga. Pero al comerciante no le importa. Y además es un excelente pedagogo. Le quitará el cansancio y el peso de la carga y lo enseñará a nadar bien a punta de revolver:
COMERCIANTE: Conozco una manera mejor: apoyaré en tu espalda el caño de mi revólver. ¿Apuestas algo a que cruzas el río? (LO EMPUJA DELANTE DE ÉL. HABLANDO CONSIGO MISMO): Mi dinero me hace temer a los bandidos y olvidarme del río. (Canta)

Así vence el hombre al río impetuoso. / El hombre se vence a sí mismo, / Para lograr el petróleo que la humanidad
necesita.

VI. CAMPAMENTO
ES DE NOCHE Y EL COOLI, QUE SE HA FRACTURADO EL BRAZO ATRAVESANDO EL RÍO, TRATA DE LEVANTAR LA CARPA. EL COMERCIANTE ESTÁ SENTADO.

COMERCIANTE: Te dije que no hace falta armar la carpa hoy, pues te has quebrado el brazo al cruzar el río. (EL COOLI SIGUE
TRABAJANDO EN SILENCIO). Si no te hubiera sacado del agua te habrías ahogado. (EL COOLI PROSIGUE SU TAREA). Aunque no sea mía la culpa del accidente. Lo mismo pudo golpearme el tronco a mí. De todos modos este percance te ha sucedido mientras viajabas conmigo. Llevo muy poco dinero, pero en Urga está mi banco y allí te recompensaré.

COOLI: Sí, patrón.

COMERCIANTE: ¡Qué respuesta más pobre! Todas sus miradas quieren convencerme de que lo he perjudicado. Estos coolís son una banda de taimados vengativos. (AL COOLI): Puedes acostarte. (SE ALEJA Y SE SIENTA A CIERTA DISTANCIA.) En realidad, el percance me afecta más a mí que a él. A esta gentuza le da igual estar sanos que lisiados. No ven más allá del borde de su plato. La naturaleza los hizo así y ellos se resignan. Se hacen a un lado ellos mismos, como nosotros arrojamos lo que nos sale mal. Sólo lucha el hombre que se ha realizado (CANTANDO.)
El hombre enfermo muere y el fuerte triunfa. / Y está bien así. / Se ayuda al hombre fuerte y al débil se lo ignora. / Y está bien así. / Deja caer al que cae y agárralo a puntapiés, / Pues está bien así. / El vencedor del combate ocupa su lugar en el festín, / Pues está bien así. / Y el cocinero tacha de su lista a los caídos, / Pues está bien así. / El Dios que creó todas las cosas hizo al patrón y al sirviente./ Y está bien así.
***
La regla de oro, como se sugiere en el Sermón de la Montaña, es la siguiente: “Hagan por los demás todo lo que les gustaría que hicieran por ustedes”. La regla de oro, como se diría en el Kamasutra, podría ser: “Hágales a otros lo que a usted le gustaría que le hicieran”. La regla de oro, según el refrán o dicho popular, es que quien tiene el oro pone la regla. El que tiene el revólver pone la regla. Pone todas la reglas. La excepción y la regla. Las reglas y las excepciones que dicta el poder, no las reglas naturales, sino los ordenamientos que nos oprimen y acogotan...
Eso es lo que estamos viendo en este viaje.

Mantente informado!

Recibe en tu correo actualizaciones diarias
de las noticias más importantes de la actualidad.