Una visión objetiva de Haití y EE.UU.

El secuestro de 17 misioneros estadounidenses en Puerto Príncipe ha puesto de nuevo en la palestra el tema de la inseguridad en la nación hermana. Oportuna es la lectura de Haití: Trauma de un proceso colonizador fracasado, un libro revelador, autoría del profesor Santiago Sepúlveda Solano, hijo del municipio de Hatillo, San Cristóbal, que califica para ser recomendado a cualquier lector o investigador interesado en conocer la trayectoria de las relaciones haitianas-norteamericanas en el contexto de la historia continental. Con una vasta documentación analizada con rigor hermenéutico, Sepúlveda Solano coincide con investigadores como Manuel Arturo Peña Batlle, Federico Henríquez Gratereaux y más recientemente Reina Rosario, en que el surgimiento de Haití como nación fue consecuencia de Las Devastaciones, ejecutadas por el gobernador Antonio de Osorio en 1606, ordenadas por el Rey de España Felipe III, en 1603.

La justificación de la tesis planteada en Haití: Trauma de un proceso colonizador fracasado es el interés en demostrar que los pueblos que pueblan la isla tienen historias paralelas, pero que el presente y el futuro de la nación dominicana están seriamente amenazados por el hecho cierto del agravamiento en grado superlativo de los problemas económicos, ambientales y sociales que afectan al país vecino, el más pobre del hemisferio.

El libro describe las relaciones dominico-haitianas con España, Francia, Estados Unidos, Inglaterra, Holanda, Alemania y todas las potencias europeas, sin ignorar el papel de los gobernantes haitianos en la independencia de los pueblos sudamericanos y en la Restauración de la República. Los estadounidenses aparecen en deuda con Haití. La obra establece que Haití es una conquista de los esclavos que en 1804 vencieron al ejército de Napoleón, mientras que República Dominicana es producto de luchas contra Francia, Haití y España, junto al rechazo “a los planes de anexión a los Estados Unidos”, potencia que invadió el país militarmente en 1916 y 1965. El editor Máximo Jiménez plantea en la presentación la necesidad de “un debate serio” internacional en la búsqueda de una cohabitación beneficiosa para el continente.

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