El forastero misterioso (1)

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Edición original o restaurada de El forastero misterioso. Fuente externa

“El forastero misterioso” es el último libro que Mark Twain no escribió ni publicó: que no terminó de escribir. Trató de hacerlo varias veces, por lo menos tres veces de tres maneras diferentes durante largos años y no pudo finiquitar la tarea satisfactoriamente. Las dos primeras versiones de la historia quedaron inconclusas y todas tienen como personaje a un encantador e inquietante hijo o sobrino de Satán. La primera se conoce con el nombre de “Crónica del joven Satán”, la segunda se llama”Schoolhouse Hill”. La tercera tiene un título más largo y pomposo: “44, El forastero misterioso: Antiguo relato hallado en un jarro y contado a boca de jarro”.

Twain la dio por terminada en 1908, a pesar de que aparentemente había algunos cabos sueltos y no estaba del todo complacido. (Hay quien sostiene que la obra “todavía tiene muchos defectos y es discutible si se puede considerar terminada”). Quizás el mismo Twain sentía que no estaba del todo acabada, en la manera en que se lo había propuesto, no colmaba todas sus aspiraciones. Además el contenido era socialmente explosivo, irreverente, blasfemo. El hecho es que dio instrucciones para que no fuera publicada mientras viviera.

En 1916, seis años después de su muerte, “El forastero misterioso” salió a la luz y se vendió como pan caliente. Pero era otro forastero. Parcialmente otro forastero misterioso. El albacea de Mark Twain (“la persona encargada de hacer cumplir la última voluntad de un difunto y de custodiar sus bienes hasta que se repartan entre los herederos”) se había confabulado con la única hija superviviente de Twain y un editor religioso para editar una versión edulcorada de la obra.

Albert Bigelow Paine, el albacea de marras, que estaba en posesión de sus escritos, mutiló una cuarta parte del libro, todo lo que para él eran irreverencias y profanaciones y armó una especie de Frankenstein, añadiéndole retazos de “Crónica del joven Satán” y un final alterado o adulterado. Por sí fuera poco, introdujo un personaje de su invención, un astrólogo diabólico al que le atribuye muchas de las fechorías que Mark Twain acredita al muy maligno y sinvergüenza padre Adolf. Aun así, la mayor parte de las cosas esenciales de la obra de Twain permanecen inalterables, aunque eso no disculpa el fraude.

Para peor, nada de esto se supo hasta después de la muerte del albacea en 1937, cuando los manuscritos fueron dados a conocer a los estudiosos. Se descubrió, entonces, entre muchas otras cosas, que había una mezcla de personajes “de versiones distintas de la historia” y “que hasta los nombres originales habían sido tachados y escritos con la letra de Paine”.

Finalmente, en 1969, casi cincuenta años después de la muerte del autor, la University of California Press realizó una edición facsímil del texto con el título “No. 44, The Mysterious Stranger”.

Años más tarde, el controvertido crítico Lorin Stein recordaría “la lista de espera que había en la biblioteca para leerlo cuando recién entraba en la universidad y apareció la edición restaurada de 44. Telepatía viajes en el tiempo una imprenta clandestina en un castillo abandonado y la voz narradora de un adolescente que sonaba como el mejor Mark Twain. Era el libro perfecto”.

En una de las reseñas de una edición del libro puede leerse lo siguiente: “Esta edición rescata (...) el texto original y muestra a Twain en su máximo esplendor. Leerlo es ponerse en sus zapatos: uno puede deslizarse gozoso por su superficie como si patinara sobre hielo y al mismo tiempo ver con escalofríos los monstruos que yacen debajo de esa capa de hielo”.

Lamentablemente —como dice Juan Forn en el prólogo de una de las mejores traducciones de la obra al español— “nadie ajeno al mundo académico se enteró, razón por la cual hasta el día de hoy son más los lectores que conocen El forastero misterioso que los que saben de la existencia de 44 . El último gran libro de Mark Twain lleva un siglo escondido debajo de una copia vil, que huele a santurronería y a humo de Inquisición”.
(https://planetadelibrosuy0.cdnstatics.com/libros_contenido_extra/38/37785_44Forastero_PrimerCap.pdf).

La historia de “44, El forastero misterioso” (narrada en primera persona por un adolescente), se desarrolla en el adormecido pueblo austríaco de Eseldorf: “pueblo de burros” en alemán.

Esa Austria de 1490 “estaba alejada del mundo, y dormida. La Edad Media continuaba y prometía quedarse para siempre . Algunos retrocedían unos cuantos siglos más y calculaban que, según el reloj mental y espiritual, Austria estaba todavía en la época de las Cruzadas”.

Es un país cualquiera, no necesariamente Austria, un reino de oscurantismo y de prejuicios, dominado por la superstición, por la iglesia y por los príncipes o por cualquier otra forma de autoridad. Desde las altas esferas del poder hay un recelo, una desconfianza, un miedo visceral a la inconformidad que podría generar el conocimiento. La educación se reduce a lo elemental. Todos los habitantes, con excepción de los poderosos, son instruidos en la más docta ignorancia:

“Eseldorf era un paraíso para los niños. No nos molestaban demasiado con los estudios. Nos educaban, más que nada, para que fuéramos buenos católicos y veneráramos a la Virgen, la Iglesia y los Santos por sobre todas las cosas; para que reverenciáramos al Monarca con temor sagrado, lo nombrásemos con el corazón en la boca, nos descubriésemos ante su imagen y reconociéramos que él era el bondadoso proveedor de nuestro pan de cada día y de todas las bendiciones terrenales porque nosotros habíamos venido al mundo para cumplir con la misión de trabajar por él, sangrar por él y, si era necesario, morir por él. No pretendían que supiéramos mucho más, y de hecho no nos dejaban. Los curas decían que el conocimiento no era bueno para la gente común porque podía conducir a la disconformidad con los designios de Dios, y que Dios no toleraba la disconformidad con Sus planes. El Obispo se lo había dicho a los curas, así que era cierto”.

Lo que se ha dicho hasta aquí es tan importante como lo que no se ha dicho. Con muy pocas palabras y apenas un barniz del más sutil humor y la más fina ironía, el autor ha bosquejado el primer capítulo de una de sus obras maestras, una de las más importantes y menos conocida. Un libro negro, ácido y truculento, provocador y devastador.

(Irreverencias y profanaciones de Mark Twain (14): El forastero misterioso).

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