Besos de fuego

A mi agradecida lectora y ex alumna
Nadia Mirqueya Barinas Soñé

En una fabulosa película de Giuseppe Tornatore —todo un poema fílmico titulado “Cinema paradiso”—, se cuenta la historia de un cine que es un poco la historia de un pueblo de Sicilia llamado Giancaldo. También es la historia del proyeccionista del cine, que se llama Alfredo, y la de un niño que se convertirá en su ayudante y cuyo nombre se pronuncia Totó, aunque en italiano no lleva acento y puede dar lugar a confusiones.

Durante años, Alfredo y Totó sufren en silencio la intromisión de la censura eclesiástica, la muy personal censura del cura del pueblo, el padre Adelfio, que a golpes de tijera elimina de las películas todas las partes pornográficas. Es decir, las escenas románticas donde los personajes de aquella época de insobornable castidad se daban besos con los labios bien apretados, como si en vez de besarse estuvieran apurando una copa de aceite de ricino. El público protestaba, por supuesto, durante la proyección de las películas cada vez que se producía un corte y rabiaba hasta más no poder, pero todo era inútil. La censura siguió ejerciendo durante años su labor de zapa, mutilando lo que muchas veces eran obras de arte, pero no quedaría impune para siempre. Cambiaron los tiempos y el cine fue reconstruido y cambió de dueño. Y cuando por primera vez se permitió ver una de esas escenas donde dos degenerados, dos seres condenados a la perdición se besuqueaban sin rubor, el público estalló de júbilo y el padre Adelfio estalló de indignación.
Comprendió quizás oscuramente que todas las almas de sus feligreses estaban perdidas, irremediablemente perdidas. Juró que no volvería al cine a ver películas pornográficas o algo parecido.

Pero lo peor no había pasado todavía. Alfredo, el proyeccionista, había conservado las tiras de celuloide censuradas y las había unido en un rollo, un carrete bastante largo que dejó como legado a su amigo Totó. Allí estaban todos los besos mutilados, todo el horror de aquellos besos que escandalizaban al padre Adelfio, un carrusel de besos, una sinfonía de besuqueos, todo un sinfín de besos. Un suave rozar de labios. Nada de lengüetería, nada de lengüetazos ni salivería. Pero besos al fin. Imperdonablemente besos.

El tema de los besos es algo muy socorrido, todo un lugar común en la historia de la cultura. Hay un famoso tango, por ejemplo, que se llama “Besos de fuego” y es bastante incendiario. Hay una canción igualmente famosa llamada “Bésame mucho”, un famoso óleo de Gustav Klimt llamado “El beso” y así por el estilo. Incluso hay un personaje, todo un personaje de la obra ‘Quíntuples”, de Luis Rafael Sánchez, que además de ser enano se llama Besos de fuego. Un enano llamado Besos de fuego, qué ocurrencia.

Además, recientemente descubrí un blog titulado “Todos los besos”, un “Blog de Raúl Amores Pérez, dedicado a mostrar un repertorio de besos descritos en la literatura (en verso, prosa), en la música, en la pintura, la fotografía, el cine, la escultura y los tratados del arte del amor”. Ahí parece que están todos los besos del mundo, incluyendo uno del promiscuo José Ángel Buesa que habla de “besar la sombra de otra boca / en cada boca que se besa...”.

Uno de mis favoritos es del desconocido José Martínez Jerez, un personaje que al parecer no existe a pesar de la fama acumulada por el poema “Flirt”. Sólo sé que es el autor de ese poema “perteneciente al libro “Antología de la reminiscencia”, de Juan Aragón Osorio de fecha 1965 d.n.e.” y sé que es un lindo poema, pleno de pensamientos sugestivos e imágenes ingeniosísimas (“un beso es una rosa que se exprime en los labios”, “puede perderse un beso como se pierde un guante”):

“Es absurdo, señora, que os enojéis por eso, / yo os juro que no tiene tanta importancia un beso / para que perpetuéis esa ojera afligida / y creáis deshojada de pudor vuestra vida. / No exige el accidente represalias ni agravios: / un beso es una rosa que se exprime en los labios, / es como una palabra más grave y expresiva, / es como una mirada más intensa y más viva, /pero que en el armónico mecanismo social, / sólo tiene un efímero valor sentimental, / y al cabo de una charla distinguida y galante, / puede perderse un beso como se pierde un guante. / Es absurdo, señora, que os enojéis por eso. / No es grave la inquietante mordedura de un beso / y aunque inflame los labios (y el alma) su escozor, / ni se muere de pena, ni aún se enferma de amor. /Pero si fue el ultraje tan ruin y tan villano, / y tan grande la herida de aquel beso tan chico, / ¿por qué dejasteis presa vuestra mano en mi mano / y sonreís ahora detrás del abanico?”

“Metamorfosis”, de Luis Gonzaga Urbina, es otro de los poemas besucones que atesoro. Es, si se quiere, un poema tonto que habla de un beso que sale volando. Pero la poesía florece o más bien surge como de un manantial, de la delicadeza con que el poeta hilvana sus pensamientos, en el “voluble giro” que el poeta imprime a la mano que huyó “hasta el confín lejano”, en “el beso que volaba tras la mano,” y “rompiendo el aire, se volvió suspiro”. Todo un dechado de orfebrería o ingeniería, de imaginería poética:

“Era un cautivo beso enamorado / de una mano de nieve, que tenía / la apariencia de un lirio desmayado / y el palpitar de un ave en la agonía. / Y sucedió que un día, / aquella mano suave / de palidez de cirio, / de languidez de lirio, / de palpitar de ave, / se acercó tanto a la prisión del beso, / que ya no pudo más el pobre preso / y se escapó; mas, con voluble giro, / huyó la mano hasta el confín lejano, / y el beso que volaba tras la mano, / rompiendo el aire, se volvió suspiro”.

Gabriela Mistral también escribió magistrales poemas besucones. Escribió, por ejemplo, el grandioso poema “Besos”, y quizás nadie como ella enseñó a besar con “besos que pronuncian por sí solos / la sentencia de amor condenatoria,” con “besos que se dan con la mirada”, con “besos que se dan con la memoria”. Son algunos de los versos más sonados y realistas de la literatura.
Sólo ella supo decir o se atrevió a decir”:

“Yo te enseñé a besar: los besos fríos / son de impasible corazón de roca, / yo te enseñé a besar con besos míos /
inventados por mí, para tu boca”.

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