Phileas Fogg y Jean Passepartout (y 2)

“La vuelta al mundo en ochenta días” es muchas cosas, incluyendo un apreciable catálogo de costumbres y un preciso fresco de ciudades y paisajes. Sin dudas, el autor era un hombre minuciosamente observador, y con una precisa memoria para los detalles.
Del paisaje y de las costumbres indias, entre otras, realiza la descripción de una secta de asesinos que ejercían un dominio en una región segregada, cuya capital era Aurangabad, que aún no había podido ser sometida por el gobierno inglés, en la cual sus miembros, en honor a la diosa de la muerte, estrangulaban a sus víctimas de toda edad, “sin derramar sangre”, y era común, al recorrer parajes de aquella provincia, hallar cadáveres en el camino.

Precisamente esta diosa de la muerte, también lo era del amor, y le llamaban Kali y, según Verne, sacerdotes vestidos con largas túnicas, junto a hombres y mujeres, les “cantaban una especie de salmodia fúnebre”, representándola con una “estatua horrorosa (que) tenía cuatro brazos, el cuerpo coloreado de rojo sombrío, los ojos extraviados, los cabellos enmarañados, la lengua colgando y los labios teñidos (…) Un collar de calaveras rodeaba su cuello, y un cinturón de manos cortadas ceñía su talle. Estaba de pie sobre un gigante decapitado”. La muerte y el amor.

Allí en la India, tuvieron oportunidad de salvar a una mujer que sería sacrificada viva, supuestamente de forma voluntaria, en una ceremonia llamada Sutty, la cual el cadáver de un príncipe y “rajá independiente”, al amanecer, sería quemado junto al cuerpo de su esposa, quien había sido embriagada “con humo de cáñamo y de opio”. Al rescatarla y huir con ella, sería desde entonces una compañera más del viaje al rededor del globo, y en ella nacería una gran admiración por Fogg, “pero aquel hombre sin nervios (que) no sentía ni impaciencia ni disgusto (…) sólo tenía corazón para comportarse con heroísmo, pero no lo tenía para el amor”.
Condición en la que dista del Quijote, quien tiene siempre en el recuerdo a la figura de su Dulcinea del Toboso, pero que lo acerca a otro personaje literario que como él tampoco sentía atracción sexual: Cherlock Holmes.

Las descripciones de costumbres prosiguen a lo largo del viaje, incluyendo las chinas en relación al consumo de opio, con “fumaderos frecuentado por esos miserables, alelados, enflaquecidos, idiotas, a quienes la mercantil Inglaterra vende anualmente doscientos sesenta millones de francos de esa funesta droga...”

En un momento se encuentran unos personajes con un “meeting”, y se produce la siguiente conversación: -Quizá haríamos bien en no meternos en este lío. Aquí sólo podríamos recibir algún golpe. -En efecto respondió Phileas Fogg-. Y los puñetazos, aunque sean políticos, no dejan de ser puñetazos.

Sin dudas una gran novela en la que, según palabras de Foucault, “detrás de los personajes (…) reina un teatro de sombras, con sus rivalidades y sus batallas nocturnas, sus justas y sus triunfos. Voces sin cuerpo se enfrentan para contar la fábula”.

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