Phileas Fogg y Jean Passepartout (I)

Julio Verne gozó de fama y prestigio en vida, lo más alejado del escritor maldito que es “ninguneado”, despreciado y olvidado por su generación, normalmente por romper parámetros establecidos por la ideología gobernante, pero que termina, para beneficio de las futuras generaciones, imponiéndose después. Verne, en cambio, siempre “gozó del más amplio eco popular casi desde el comienzo de su carrera y esta fama se ha mantenido intacta, o acrecentada, hasta el día de hoy...” (Fernando Savater).

Su obra es vasta, ingeniosa, y con millares de lectores que se acrecientan a cada instante. En ella vemos de todo: fantasía creadora, saber científico y previsión de adelantos modernos, sustentado en una amplia cultura y en un total dominio de la técnica narrativa.

En su obra hay de todo, incluyendo una historia de una pareja casi quijotesca y que constituye una de las más famosas de la historia de la literatura (Quijote-Sancho, Holmes-Watson, etc) e, inclusive, de la cultura de masas (Batman-Robin), para solo citar unos ejemplos. Es, también, la historia de un viaje, como deben ser las aventuras que se precien de serlo. Y es, obviamente, una alegoría sobre la condición humana.

Es la historia de Phileas Fogg y Jean Passepartout, quienes realizan la increíble aventura de darle “La vuelta al mundo en ochenta días”.

La novela es una sorpresa permanente, empezando por el carácter enigmático de Phileas Fogg “del que solo se sabía que era un hombre muy galante y de los más cumplidos gentlemen de la alta sociedad inglesa”, que “hablaba lo menos posible” y que “era el hombre más puntual y sedentario del Reino Unido”, con un carácter en que “no se permitía ningún gesto superfluo”, que jamás se conmovía ni alteraba y que siendo “el hombre menos apresurado del mundo”, a todos sus compromisos, “siempre llegaba a tiempo”.

Este “caballero” ie un criado (escudero) a su nivel, y lo encontró en el francés Passepartout, apodo que le iba bien por su “natural aptitud para salir de cualquier apuro”, el cual se auto definía como un “ser honrado”, que había sido “cantor ambulante, artista de un circo donde daba el salto como Leotard y bailaba en la cuerda como Blondin; luego, para explotar mis habilidades, me hice profesor de gimansia, y, por último, fui sargento de bomberos en París”. Tenía unos 30 años “ancho el pecho, fuertes las caderas, vigorosa la musculatura, y con una fuerza hercúlea”. Al conocerse, sin dudas, el quijotesco Phileas Fogg encontró al perfecto compañero para el viaje, el sanchopansista Jean Passepartout. El ideal y la práctica se habían encontrado para realizarse.

Mister Fogg, que como buen inglés nunca bromeaba cuando se trataba “de algo tan serio como una apuesta”, junto a otros miembros del exclusivo Reform-Club de Londres, apostó que podía darle la vuelta al mundo en ochenta días, saliendo de Londres, pasando por Suez, Bombay, Calcuta, Hong Kong, Yokohama, San Francisco y, finalmente, Nueva York.
Pero un robo en el Banco de Inglaterra vendría a complicarle el viaje.

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