La hermandad de las bestias (7)

Negro Trujillo era el hermano favorito de la bestia, el menor de todos, el servil y complaciente Negro, el único en el que la bestia depositó hasta cierto punto, si acaso depositó, su confianza.
Dicen que era un tipo opaco, blandengue y apagado, relativamente apacible, que carecía de las pintorescas cualidades perversas que eran tan evidentes y chocantes en sus hermanos. Alguien que superficialmente podía parecer buena persona y no lo era. Cometió crímenes, quizás en menor medida que sus hermanos, con cierta moderación aparente, sólo aparente.
Crímenes de bajo perfil que pasaron desapercibidos durante la era gloriosa.

Crassweller insinúa que era un tipo sin personalidad, o con una personalidad débil, más bien ajena, alguien que se daba a conocer por un flácido, fofo, blandengue apretón de manos, por su devoción por la bestia, por la inveterada costumbre que desde la infancia había adquirido de obedecerla y seguirla como un perrito faldero, por su admiración incondicional. Alguien, en fin, que sólo demostraba iniciativa propia cuando se trataba de tierra, mujeres y dinero.

Era el menos agraciado y más oscuro de la familia, y por su color le pusieron Negro sus padres y hermanos probablemente. Pero ninguno fue más afortunado que él. De Negro podía decirse exactamente lo que dice el refrán: que más vale caer en gracia que ser gracioso.

La bestia era diecisiete años mayor que negro y prácticamente lo había adoptado, lo había protegido desde pequeño, le brindó apoyo en la secundaria y durante su breve estadía en la universidad como estudiante de odontología. Pero otra oportunidad más lucrativa lo esperaba en las filas del ejército.
Apenas tenía veintidós años cuando la bestia llegó al poder y desde entonces todo fue viento en popa para él. Su carrera militar fue poco menos que vertiginosa o más bien meteórica, ascendió como un rayo y no se detuvo hasta llegar a la cumbre, hasta obtener los más altos cargos y galardones en el orden cívico y castrense. Era capitán en 1931, era coronel coronel en 1936.

Ya en 1942 ocupaba el cargo de Secretario de Guerra, de Marina y Aviación y en 1951 fue presidente interino de la nación. Pero lo mejor faltaba por llegar. Así, en 1952 fue elegido con el cien por ciento de los votos como presidente de la República, un cargo que ocupará en condición de títere hasta 1960 durante dos períodos, siendo sustituido en la etapa final de la tiranía por el guabinoso Dr. Joaquin Balaguer, el tristemente célebre o celebérrimo Dr. Malaguer. El más guabinoso y taimado, el más aparentemente dócil y sumiso cortesano de la era gloriosa. El mismo Malaguer que tomaría las riendas del poder para dirigir el país hacia la democracia y extirpar supuestamente el trujillismo. Aquel Joaquín Malaguer que se convertiría pocos años después en heredero de la bestia, que se entronizaría en el poder con el apoyo de nuevas tropas de ocupación, que se perpetuaría en el poder mediante elecciones fraudulentas y terrorismo de estado durante doce años y que volvería al poder durante un periodo de gracias de diez años.

La bestia consentía tanto a Negro, a su hermanito menor, que además de la presidencia le otorgó el título de generalísimo y le permitió usar un uniforme bordado con hilos de oros y un bicornio emplumado tan ridículo como el suyo.

Negro le agradecía sinceramente a la bestia todo lo que había hecho por él. Reconoció por escrito que era la criatura de su afecto, el objeto de su amorosa protección y que debía comportarse con él como un devoto servidor porque era esencia de su sangre y de su alma. Había entendido desde un principio -como dice Crassweller- que su primer deber como militar era la lealtad incondicional, no actuar ni pensar por cuenta propia.
Mover la cola en presencia de su jefe y protector, obedecerlo ciegamente. Mirarlo todo con los ojos de su hermano, convertirse en sus ojos.

Pero la ascensión al trono presidencial de Negro Trujillo fue una farsa, una cesión simbólica del poder, meramente simbólica. Durante la investidura se le mantuvo a soga corta y no se le permitió pronunciar discurso alguno ni mucho protagonismo. A la bestia, que asumiría el cargo de Jefe de las fuerzas armadas de la República, se le rindieron los máximos honores y llegó primero que Negro al palacio. Seguiría asistiendo todos los días a su despacho, trabajando como de costumbre, ejerciendo el poder delante y detrás del trono.

Negro se dedicó a lo que le gustaba, a la vida regalada: firmar de vez en cuando documentos oficiales, asistir a ocasionales ceremonias, fingir de la mejor manera posible que era presidente, perseguir mujeres, coleccionar zapatos y dinero que guardaba en las cajas de zapatos, acumular una inmensa fortuna en dólares y bienes raíces. Un cuantioso caudal que incluía una enorme finca, un latifundio de miles de tareas que se extendía por la rivera del río Haina hasta el Ozama, formando un semicírculo a un costado de la ciudad.

El deporte favorito de Negro y de todos los Trujillo era conquistar mujeres, conquistarlas a las buenas y generalmente a las malas, conquistarlas a la fuerza, con dinero o con ofertas que no podían rechazar. Negro era de hecho, un mujeriego empedernido, un adicto al sexo que permaneció soltero hasta el año de 1959, cuando por fin se permitió o le permitieron casarse con Alma McLaughlin, su prometida desde 1937.

A pesar de su carencia de atractivos físicos, Negro pretendía ser un seductor irresistible, un exitoso don Juan, todo un tenorio. Difícilmente no sucumbía una mujer al encanto de su uniforme, de su alto rango, de su apellido ilustre o del miedo que inspiraban. Eso lo definía, más bien, como un vulgar depredador, violador, un indiscreto que se jactaba en voz alta de sus habilidades amatorias y que tenía marcada preferencia por las mujeres casadas. Sobre todo las mujeres de sus subalternos, a los cuales disfrutaba humillando, igual que hacia su protector y amado hermano.

Su mundo se derrumbó un 30 de mayo cuando la bestia sucumbió, en palabras de Balaguer, “al soplo de una ráfaga aleve”. Dice Crassweller que Negro estaba presente, devastado, cuando el cuerpo fue llevado al Palacio nacional y que, durante el velatorio se le notaba abatido, profundamente adolorido, de una manera consecuente con una vida de servilismo. Que estaba como aturdido, inmóvil, parado como si fuera una estatua. No era desde luego para menos. Su mundo había llegado a su fin.

Después de partir hacia un exilio en el que vivió hasta los noventa y cuatro años, los crímenes de bajo perfil que se le atribuían y que habían pasado desapercibidos durante la era gloriosa, dejarían pasmada a la opinión pública cuando sus muertos empezaran a salir a flote y se descubriera que en sus fincas tenía cementerios privados. Furnias donde convivían osamentas de vacas y caballos con osamentas de peones, de oficiales, de guardias que estaban a su servicio y cayeron en desgracia, de propietarios de tierras que se resistieron a cedérselas, de enemigos del régimen y suyos, de infelices que estuvieron en el lugar y el momento equivocados, de gente con la que alguien se divirtió jugando al tiro al blanco..

(Historia criminal del trujillato [45].

BIBLIOGRAFÍA:
Robert D. Crassweller, “The life and times of a caribbean dictator”.
Dr. Lino Romero, “Trujillo, el hombre y su personalidad” .

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