1984

El deseo de una sociedad perfecta es un anhelo inscrito en el ADN humano. Esas aspiraciones terrenas o divinas, encarnadas en este o en otro lugar, están presentes en la literatura y en la política occidental.
Sin embargo, desde el pasado siglo XX, y en el ámbito literario, estas utopías no encarnan una idílica y paradisíaca felicidad terrenal, sino las pesadillas de regímenes totalitarios que procuran controlar hasta el pensamiento de los ciudadanos. Entre estas “distopías” se encuentra, de forma preeminente, 1984 de George Orwell, la cual es recurrente en “Pinceladas” por la cruda realidad que presagió el autor en 1947, año en que la redacto: parece que vio el futuro.

Por estas razones continúo mi descripción y comentarios de este mundo totalitario y planificado, en el cual se reprime hasta el sexo y la reproducción. Este artículo es una continuación intermitente de la novela protagonizada por el “camarada” Winston Smith.

Emmanuel Goldstein, el enemigo del pueblo, era observado por la telepantalla, pronunciando su “habitual discurso en el que atacaba venosamente las doctrinas del Partido”, sin dudas, un ataque exagerado y perverso, pero “lo bastante plausible para que uno pudiera alarmarse y se dejaran influir por ellas algunas personas ignorantes”. Era un orador de estilo rápido, con frases cortas y directas. “Insultaba al Gran Hermano acusaba al Partido de ejercer una dictadura y pedía que se firmara inmediatamente la paz con Eurasia. Abogaba por la libertad de palabra, la libertad de Prensa, la libertad de reunión y la libertad de pensamiento, gritando histéricamente que la revolución había sido traicionada”.

Como todo régimen, secta, doctrina o líder necesita un antagonista, alguien al que temer u odiar, para que este sentimiento sirva para unificar a los suyos, Goldstein era “el blanco de todos los odios y del desprecio de todos”. Sin embargo, nos dice el autor, “a pesar de que apenas pasaba día -y cada día ocurría esto mil veces- sin que sus teorías fueran refutadas, aplastadas, ridiculizadas, en la telepantalla, en las tribunas públicas, en los periódicos y en los libros...a pesar de todo ello, su influencia no parecía disminuir. Siempre había nuevos incautos dispuestos a dejarse engañar por él”.

En aquellos largos “Dos minutos de Odio”, era imposible no seguir el ritmo de odio y consignas frente a la telepantalla, una joven empezó a vociferar: Cerdo, Cerdo! Incluso lanzó un diccionario de neolengua a la telepantalla justo a la nariz de la imagen de Goldstein. De esta manera el hombre pierde su individualidad en la muchedumbre, baja los estándares de razonamiento y es presa fácil de populistas y demagogos. “Lo horrible de los Dos minutos de Odio no era que uno tuviera que desempeñar un papel, sino al contrario, que era absolutamente imposible evitar participar porque uno se sentía arrastrado a hacerlo”.

Winston empezaba a tener dudas de las “verdades” planteadas por El Gran Hermano, una serie de pensamientos contrasistémicos recorrían su ser sin importarle, incluso, la “Policía del Pensamiento”.

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