Cumplir con la parte del trato

Estábamos sentados al lado. Aquel hombre nunca me había visto la cara, lo que hacía la comunicación más difícil. Sin embargo, el ambiente era distendido. Esto se debía a que su viejo amigo Jose Manuel Bello Cámpora le describía la escena: “El salón tiene doble altura y el techo esta decorado con una tela (que parece de seda), con tres grandes lámparas colgantes de bronce”. Era la inauguración de la restauración del hermoso edificio republicano, y parcialmente colonial, que albergaba la Cámara de Comercio, en la Zona Colonial. (Hoy abandonado, y podría ser utilizado por una fundación). Siguiendo el protocolo, pronuncié unas palabras sobre un nuevo escenario internacional multipolar. El presidente me felicitó mas por cortesía, que por el contenido de unas palabras brevísimas. Al sentarnos, yo lo abordé: “Presidente Balaguer, creemos que el país esta maduro para instalar una bolsa de valores. Los promotores hemos concebido el proyecto como un aporte al desarrollo del país, y por ende, no tendría ánimo de lucro”. Nos respondió con una expresión de interés, sin compromisos. Ahí quedaron las cosas. Al día siguiente, el Dr. Jottin Cury, a la sazón Consultor Jurídico de la Presidencia, nos informó que el Presidente había aprobado la iniciativa, como un esfuerzo sin ánimo de lucro para al desarrollo del país. Así comenzó un largo trabajo, que en mi caso duró 12 años. No podía ser de otra manera. Había poco apetito para presidir una iniciativa plagada de riesgos, sin otro beneficio que servir, algo a veces poco apreciado en nuestra sociedad. Al cabo de 12 años, las negociaciones llegaron a 17 mil millones de pesos, que al cambio de la época eran mil millones de dólares. Todas las operaciones eran de deuda o papeles a corto plazo, emitidos por empresas privadas, garantizados por líneas de créditos bancarias, para que no faltara liquidez si se hacía necesario re-comprar los títulos. Allí terminó mi participación en la Bolsa de Valores. Unos dos años mas tarde, debimos visitar al Presidente, en su casa, a raíz del matrimonio de una de mis hijas con un hijo de una familia de larga trayectoria política del país. Nos encontramos a una persona sufriendo con estoicismo, todo tipo de molestias. Obedeciendo a una indicación, nos sentamos a su lado. Comenzamos una animada conversación sobre la bolsa de valores, la educación francesa y el Liceo Francés, donde estuve involucrado por 18 años y al que él había donado un terreno. La conversación le permitió al Presidente olvidarse aunque fuera momentáneamente de sus dolencias y trasladarse mentalmente a temas de su interés. Para mi aquel dialogo tiene un significado singular. Fue una manera un tanto indirecta y elíptica de aquel caudillo expresar que yo había cumplido con mi parte del trato. Eso me basta. Es todo.

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