El ciudadano olvidado

En el diseño de las políticas públicas existe un gran olvidado: el ciudadano común y corriente, que simplemente quiere que se le deje en paz y en libertad para producir y mejorar su vida.

Esa persona no cuenta. “Es el hombre en quien nadie piensa”, como bien lo definió el catedrático William Graham Summer.
Su olvido se hace más evidente y cruel con la creciente intromisión del Estado en todas las áreas.

Los políticos se reúnen para establecer qué debe hacer ese hombre por el bien de otros, y a él ni le preguntan su opinión, ni le consideran sus intereses, ni sus valores.

Ese gran olvidado es el que sale a trabajar o a emprender todas las mañanas por su cuenta, sin enchufes en el gobierno, sin ningún privilegio especial. Es el médico que ha amanecido estudiando durante años para poder sacar un título. Es el dueño del taller de mecánica o de un colmado. Es el ebanista, el plomero, la modista, la decordora, la salonera...

Es el trabajador honrado, dispuesto a ganarse su vida con su trabajo, aportando algo que otros necesitan y están dispuestos a pagar. El que es independiente y autosuficiente y no anda mendigando favores, ni pidiendo que le den un carguito o una subvención. No va por la vida dando lástima, sino viendo en qué puede ser útil.

Es a quien se le atiborra de impuestos y cargas, ya sea por lo que consume o por lo que produce, porque decidieron (desde arriba) que “debía contribuir al bienestar social”, como si no lo estuviera haciendo ya desde su dignidad.

Es el que paga, y no manda. Sobre él se carga el gasto y el despilfarro de nuestros gobernantes. Porque los que valen son los que “necesitan asistencia”, los que piden, los “compinches”, los que merecen porque sí. Y hay que buscarles “lo suyo”.

El gran ignorado es la persona más valiosa y meritoria de una sociedad. Pero es a quien se castiga. A quien se le pasa por alto su esfuerzo. A quien se espanta y desmotiva, para beneficiar al que no sirve ni aporta.

Un mundo al revés... definitivamente.

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