Kant y Los sistemas morales de la antigüedad

La “Crítica de la razón práctica” de Immanuel Kant es un texto denso, complejo. El lector no experto, al enfrentarse a este texto de un autor indispensable, sea para asumir o alejarse de sus posturas, se encuentra con un imbricado sistema filosófico a cuyo centro epistemológico no llega, cual Minotauro perdido en el Laberinto.

Además, al escribir el filósofo, “en pos del rigor de su exposición, (sacrifica) la elegancia del estilo a una precisión conceptual que le hace ir intercalando nuevas ideas a cada paso, con lo que los párrafos crecen desaforadamente y las frases van llenándose de interpolaciones que, a su vez, están salpicadas de paréntesis” (Estudio preliminar a Crítica de la razón práctica, p. 57). Lo cual hace complicado el entendimiento en una primera lectura y obliga a detenerse y volver atrás a cada instante. Y podría suceder, como afirma el mismo Kant que pasáramos por “unos ignorantes deseosos de entrometerse en la metafísica (y) les diera por pensar una materia tan fina, tan sutilmente refinada que acabaran mareándose (...)” (p. 103).

De esta manera recomendamos, para quien pretenda acercarse a la obra del filósofo de Königsberg, en virtud de haber sido elaboradas para sus clases de filosofía moral y, por ende, con un lenguaje más sencillo y, a su vez, menos técnico y elaborado, empezar por las “Lecciones de ética”, especie de “laboratorio donde se fraguó el formalismo ético” kantiano.

De las “Lecciones”, a las que volveremos en otras Pinceladas, tocaremos lo referente a “Los sistemas morales de la antigüedad”: cínicos, epicúreos y estoicos, centradas en las figuras de Diógenes, Epicuro y Zenón.

Para Kant en la formulación de un sistema moral primero se debe concebir “un modelo, una idea, un arquetipo de todos nuestros conceptos del bien”, que tendrá entre sus columnas fundamentales de sostenimiento racional a la felicidad y a la dignidad. Y si bien “la felicidad consiste en la bondad del libre albedrío”, esta tendrá como límites a la dignidad, pues “el hombre solo puede aspirar a ser feliz en tanto que se haga digno de tal felicidad” (Lecciones de Ética, p.43). Es decir, la “perfección moral” no puede lograrse ejerciendo una total libertad sobre nuestros actos afectando la dignidad de los demás. Lo cual podrá verse como parte indispensable de la “Ley básica de la razón pura práctica. Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad siempre pueda valer al mismo tiempo como principio de una legislación universal” (Crítica, p.116).

Según Kant en la búsqueda del bienestar y la buena conducta moral se entrelazan y diferencian las concepciones de cínicos, epicureos y estoicos, y sus ideales humanos, para Diógenes “es el hombre natural”, centrado en la “sobriedad del goce de la felicidad”. Para Epicuro el prototipo es “el hombre mundano”, dirigido hacia “el placer como destino final”, no a los vicios, sino a no sufrir dolor. Para Zenón el modelo es el sabio, “quien experimenta dentro de sí mismo la felicidad”.

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