Cuando mi hermano se fue a la guerra

Ninguna otra noticia afectó tanto a mis padres, como aquella de que Luis Aquiles, Tilo en el cariño familiar, el segundo de sus hijos, se iba inexorablemente a la guerra. Fue en el inicio del otoño del 1968, apenas unos cuantos meses después de sufrir el primero de sus infartos.

Como todo médico dominicano recién graduado, mi hermano tenía la ilusión de hacer una especialidad en medicina en los Estados Unidos. Tras una pasantía de seis meses en el Hospital Toribio Bencosme de Moca, y un breve paso por el Hospital Salvador B. Gautier, después de haberse ganado un concurso para la posición de interno, la oportunidad se le presentó. Fue cuando un hospital en Cleveland, Ohio, al cual había escrito, le envió un contrato de trabajo como médico residente de aprendizaje, para empezar el primer día de julio del 1965. Con ese contrato en mano se presentó al consulado americano buscando una visa de estudiante y salió de allí con una de residente. En esa época los Estados Unidos estaba envuelto en la guerra de Vietnam, y necesitaban muchos médicos para sus fuerzas de combate, lo cual hacía más fácil para los médicos extranjeros conseguir el visado de residencia.

Al llegar a los Estados Unidos había que inscribirse en el servicio militar obligatorio, cosa que mi hermano hizo. Desde ese momento, era sólo cuestión de tiempo que fuera llamado por el ejército para terminar sirviendo con las tropas americanas en Vietnam.

El enrolamiento de Tilo añadió un elemento de preocupación a mis padres. En las noches, se hacían más largas sus horas de insomnio debido al intenso calor y a las malas noticias de la guerra que la radio difundía, y que seguían paso a paso como una obsesión. La orden de presentarse como capitán médico del ejército americano, le llegó a Tilo con una mención del lugar donde él estaba supuesto a servir.

Decía que primero debía presentarse al Fort Sam Houston, en la ciudad de San Antonio, Texas, para un entrenamiento durante los meses de noviembre y diciembre del 1968.

Una vez concluido el período de entrenamiento, su destino final sería San Francisco, California, instrucciones que venían acompañadas de un número postal. Era la señal inequívoca de que su destino real no era otro que Vietnam.

En medio de su quebranto, nada podría ser entonces peor para papá. Tilo hizo un viaje a Santo Domingo para conversar con él y mamá y estar unos días con nosotros, sus hermanos. Hablaron sobre el peligroso futuro que debía enfrentar y sobre las alternativas existentes. Una consistía en su regreso a Santo Domingo donde podía tranquilamente ejercer la medicina.

Otra, terminar la especialidad en algún país como México, España o quizás Argentina o Francia. Ninguna de estas opciones parecía válida, por cuanto Tilo estaba convencido de que ninguna le haría feliz, y pasaría toda la vida frustrado, ya que su gran ilusión fue siempre hacer la especialidad en un hospital universitario en los Estados Unidos. Tampoco se sentiría bien, le confió a nuestro padre, huyendo como un ratón, aunque nadie se enterara y no tuviera que pagar las consecuencias.

Haciendo un gran esfuerzo, conteniendo su dolor, le respondió: “Hijo mío siempre tendrás de mí todo el apoyo que necesites. Si decides quedarte yo estoy contigo, pero si tu destino está en los Estados Unidos y tienes que pasar por la experiencia de Vietnam, mi corazón estará siempre a tu lado y te dará fuerzas para cumplir con tu deber”. Estas palabras le reconfortaron y dieron a la familia el valor necesario para ver partir a uno de sus miembros hacia un remoto lugar, donde

tenía lugar un cruento conflicto del que diariamente leíamos cosas horribles e intranquilizadoras en la prensa. Años después, Tilo rememoraría con nostalgia aquella dolorosa escena, que ha quedado grabada en su corazón: “Sentí un alivio grande que inundaba todo mi ser. La decisión estaba hecha. Yo me iba a Vietnam con la frente alta y con el valor que me confería la noción, de que sin importar lo que me pasara, los que quedaban atrás no tenían porque sentirse culpables de nada, puesto que todos estaban conscientes de que yo tenía que hacerlo. Me fui de vuelta contento a enfrentarme a mi destino”.

Después de terminado el entrenamiento en Fort Sam Houston, mi hermano regresó a New Jersey, donde vivía, para pasar las navidades con su esposa Mercedes (Niní), que a la sazón tenía tres meses de embarazo, y con su pequeña hija Carmen. Nuestro hermano mayor, Luis, ingeniero de profesión, quien tiene entre nosotros el más alto sentido de solidaridad familiar, quiso acompañarlo los últimos días antes de su partida y viajó hasta allí con su esposa Rafaelina.

Tilo salió de New Jersey el 28 de diciembre con destino a Oakland, California, para registrarse en la base militar previo a su salida para Vietnam. El avión perteneciente a la línea aérea Flying Tiger, salía el 30 de diciembre. Cuando ya faltaban horas para tomar el avión, telefoneó a Niní, para despedirse de ella y de su pequeña hija Carmen. Inmerso en la confusión que el temor de no volver a ver a su familia le producía fue el último en subir al avión. Le tocó el último asiento, que no era reclinable, por causa de lo cual no pudo recostarse para dormir durante las 24 horas que duró el vuelo.

Ese día, se dijo: “De ahora en adelante cuando haya que ir a algún lugar, yo seré el primero que suba al avión, al camión o al autobús”.

Volaron de Oakland a Anchorage, Alaska, donde hicieron una corta parada, y de allí directamente a Vietnam. El aparato en que viajaba mi hermano aterrizó en una desolada base aérea en Vietnam, de nombre Ton So Nut, por lo menos así sonaba. La terminal de pasajeros era una estructura de madera muy parecida a las graderías de un estadio de béisbol. Tenía techo y bancas para sentarse y estaba abierta por todos lados. Las graderías estaban llenas de jóvenes soldados, que gritaban jubilosamente y aplaudían con entusiasmo. Mi hermano se preguntó que hacían allí esos soldados vociferando. La respuesta le estremeció y le dio una primera e inolvidable visión de la guerra. Eran los que habían terminado su misión de un año en Vietnam, y esperaban precisamente el avión en que él viajaba para regresar a los Estados Unidos. “Inmediatamente todos los cerebros de los que con rostros compungidos descendíamos la escalinata del avión, pensamos al unísono ¿estaremos en esas graderías dentro de un año esperando el avión como esos que hoy regresan?”.

Con ese pensamiento descendieron él y sus compañeros y fueron llevados al lugar de registro de llegada. Fue la primera vez que tuvo la oportunidad de ver las casas de campaña, las casuchas de madera y las letrinas con baños al aire libre, rodeadas de sacos de arena. “Estúpidamente pregunté”, recuerda, “para qué eran los sacos de arena, y me dijeron que servían como protección de las esquirlas que producen los morteros y cohetes al explotar”. Después de unos días en aquel lugar fue asignado a una unidad de tanques, con su base en Pleiku, en el centro de Vietnam.

Con todo su equipaje en un saco militar especial para efectos personales, él y sus compañeros fueron llevados a la base aérea, donde abordaron un avión C-130 de transporte. A este avión se entra por la parte de atrás, y estaba adaptado para transporte de equipo pesado, de manera que le habían quitado los asientos para acomodar un generador gigante que ocupaba todo el centro del aeroplano. Se sentaron en el piso a los

costados del avión, y se sostenían de una correa pegada a la pared. Las ventanas del avión quedaban por encima de sus cabezas. Mientras volaban llegó el atardecer y empezaron a ver luces como relámpagos, al tiempo que el piloto les decía por el micrófono, que les estaban disparando desde tierra, por lo tenía que subir a más altura para evitar que tumbaran el avión.

Así empezó la estadía de mi hermano en Vietnam, que por ley se prolongaba por todo un año. Tiempo después rememoraría esos hechos con las palabras siguientes: “En pocos días había pasado, de una persona totalmente libre, que tenía el control de su destino, a un ente humano movido por fuerzas superiores, cuyo control era inalcanzable. Así aprendí a resignarme a todas las circunstancias que se presentaran, y a obedecer las órdenes”.

Al llegar a Pleiku, fue asignado a una unidad de tanques que se encontraba en otra región mucho más profunda en Vietnam, llamada Kontun. En esa pequeña base conoció al médico al que estaba sustituyendo y quien terminada su misión en Vietnam, regresaba a los Estados Unidos. A partir de ese momento, Tilo se convertía en un cirujano de batallón (Batallion Surgeon), cuyo papel era dirigir una unidad médica en el campo de batalla. La compañía médica que dirigía, estaba formada por un capitán médico, que era él, un teniente administrativo y unos veinte soldados enfermeros o médicos.

Tenían a su disposición un tanque plano llamado PC, provisto de dos camillas y toda una enfermería para tratamientos de emergencia, bajo la protección de las paredes del tanque. A todos los soldados le asignaban un rifle M-16, pero a Tilo le asignaron un arma más ligera que no tenía retroceso. Era más liviana y podía usarse como fusil o como ametralladora. El coronel le dijo: “Doctor esto es para cuando se vea atacado pueda descargar todo el peine”. Tilo le comentó que si hacía eso, se quedaría sin municiones, a lo cual el oficial superior le

respondió: “Cuando usted descargue todo el peine debe asegurarse que no deja un enemigo vivo”.

La unidad de artillería disparaba constantemente sus cañones calibre 175. Si era ensordecedor estar cerca de ellos cuando lo hacían, más aterrador podía ser estar del lado que los recibía, especialmente por el sonido escalofriante del cohete de cañón mientras se aproxima. En esos primeros días, mi hermano dormía en una pequeña tienda de campaña, rodeada de sacos de arena, con los oídos cerrados con algodón, para disminuir el ruido inmenso de la artillería. El sonido hacía que la tierra se estremeciera y que su cuerpo rodara en la camilla de dormir y terminara en el suelo varias veces durante las noches.

Un día le llevaron a la enfermería a un joven soldado, alto y delgado, que se había caído de un tanque y presentaba varias heridas superficiales. Los soldados estaban supuestos a estar siempre dentro del tanque cuando andaban en una misión, pero el calor era tan agobiante que preferían sentarse en el tope del mismo. Como este muchacho presentaba varias heridas y el comandante lo consideraba indisciplinado, Tilo pensó en mandarlo de reposo a la retaguardia. Al enterarse, el muchacho pidió perdón y le rogó que no lo separaran de sus amigos. Después de conversar con el comandante sobre el asunto, decidieron darle una oportunidad siempre y cuando él jamás desobedeciera aquella orden. Algunos días después, mientras la unidad estaba en una misión, se encontraron de repente con una unidad de tanques de Vietnam del Norte. Se produjo una batalla que duró varias horas hasta que los tanques enemigos se marcharon. Mi hermano aún lo recuerda: “Cuánta fue mi angustia al saber que aquel muchacho estaba sobre el tanque cuando empezó la batalla, y fue hecho trizas por una bala de cañón de un tanque enemigo. Se pudo haber ido a la retaguardia y se quedó para encontrar su muerte”.

Una vez lo despertaron en horas de la madrugada con órdenes de preparar su unidad para una movilización. No sabían hacia

dónde se dirigían, pero tenían que estar listos para combatir. “Emprendimos el camino por la carretera”, recuerda aquellos momentos difíciles. “Yo iba en un jeep manejado por un sargento mayor, y el resto de los médicos venían detrás. Yo estaba aproximadamente en el medio de la columna militar, de manera que mirando hacia delante o hacia atrás podía ver la magnificiencia y el poder del ejército que marchaba por el camino. Después de varias horas, empezaron a atacarnos con balas de mortero que venían de las montañas que bordeaban la carretera. Le pregunté al coronel si nos íbamos a detener para responder el ataque y él me contestó que nuestra misión era seguir hacia delante, que ya los helicópteros (gunships) vendrían a defendernos. Unas horas más tarde llegaron los helicópteros y prácticamente quemaron las montañas. No hubo más ataques después de eso. Empezamos a subir por un camino entre las lomas, pasando por casuchas donde vivían los residentes del área. El aspecto de estas gentes era diferente al vietnamita común al que ya nos habíamos acostumbrado. Eran los mountanyards, y sospechamos que podíamos estar en Laos”.

Después de más de un día de camino, llegaron a su destino, una meseta en el medio de las altas montañas. Allí se había establecido una base militar temporaria y la unidad de tanques de la que formaba parte llegaba para apoyar las tropas que ya se encontraban en el lugar. De inmediato los tanques empezaron a excavar la tierra para hacer grandes huecos que cubrían con madera y sacos de arena. Tilo estableció la enfermería en un hueco y ahí también dormía. Cuando llegaba la hora de comer tenían que ir a recoger la comida en filas con dos metros de separación entre los soldados para mayor protección.

Pronto se dio cuenta mi hermano el por qué habían hecho los huecos. Por primera vez desde que llegara a Vietnam, presenciaba un ataque con cohetes y balas de cañón de más de 105 milímetros. El mortero puede dispararse desde cualquier

superficie y hasta lo puede sostener y accionar un hombre, dependiendo del tamaño del proyectil. No tiene precisión y se tira sin un cálculo exacto de distancia o localización. El cohete, sin embargo, necesita de una superficie sólida de sustentación. Se puede calcular exactamente la distancia y con menos precisión la localización. Cuando el cohete es disparado produce un ruido que ensordece y aterroriza. Al caer a tierra hace un hueco donde cabe un tanque y destruye hombres y objetos a varios metros a su alrededor. Fueron aquellos, hasta ese entonces, sus momentos más difíciles en Vietnam.

Para que un soldado fuera declarado muerto, tenía que ser pronunciado así por un médico. Las tropas que se iban a las montañas en busca de efectivos del Vietcong, regresaban con sus muertos para que él los pronunciara. También certificaba a los que fallecían en la base a consecuencia de los ataques de cohetes, que ocurrían con un promedio de tres veces al día. En el recuerdo de mi hermano, constituía un espectáculo aterrador ver a los helicópteros Chinook llegar con soldados que inmediatamente subían a las lomas y ver algunos de ellos regresar sin vida dentro de body bags.

Después de un par de semanas en esa situación, a Tilo comenzó a obsesionarle la idea de que iba a morir en aquel lugar. Por esos días, en la casa paterna se recibió una carta en la cual le aseguraba a nuestro padre que la decisión de ir a Vietnam había sido solamente suya. Explicaba que se sentía satisfecho de haber madurado y ejercido su voluntad, y que si llegara a perder la vida nadie en la familia debía sentirse culpable, sino orgulloso de que él hubiera tomado la decisión de servir al ejército más grande del mundo.

Al cabo de tres semanas en aquel lugar llegaron los B-52 y empezaron a bombardear el área. “Fuimos despertados por un sonido sordo y constante que hacía temblar la tierra. El cielo entero se oscureció y se estremecieron las montañas. Gritamos

de júbilo, al pensar que por fin aquello se acabaría. Pero tomó toda una semana más para que los vietnamitas desaparecieran. Después de cada bombardeo de los B-52, nos tiraban una andanada de cohetes de media a una hora de duración. Hasta que por fin se fueron, y aquello se acabó”.

En la casa no volvieron a recibirse cartas de Tilo durante el resto de su permanencia en Vietnam, y ello hizo más dura la espera por su regreso. En aquel difícil diciembre del 1969, ya Tilo no ostentaba el rango de mayor y había sido comandante de toda una compañía médica. Cumplida su misión en Vietnam sólo esperaba la orden de regreso para los Estados Unidos. Aquellos fueron también días de angustia para todos nosotros. Tilo no encontraba qué hacer. Quería llegar a Santo Domingo, donde se había trasladado su esposa Niní con sus hijas Carmen y Yazmín, esta última a quien no conocía todavía. Quería llegar a tiempo para celebrar el año nuevo con ellos. El comandante le mandó a buscar para que participara en un acto que tenían y él le mandó a decir que ya no tenía la obligación de estar presente. El comandante insistió en que era imperativa su presencia. Obedeció a regañadientes para descubrir que el acto era en su honor a fin de otorgarle la medalla de bronce por servicios meritorios en la zona de combate y entregarle, a su vez, la orden de salida.

Lleno de entusiasmo se fue a preparar el equipaje y se trasladó a la base de Cam Ram, para salir en el vuelo más temprano que pudiera encontrar. De forma desgarradora, Tilo nos cuenta esos últimos momentos en el escenario de la guerra:

“Triste desilusión al llegar, y ser informado que no habría vuelos de salida por los próximos tres días. Se encontraban allí, otros dos médicos con orden de salida. Hablando con el sargento a cargo de los vuelos, fuimos informados que de otra base aérea saldría un avión al otro día y que había espacio para tres oficiales. Tomamos un avión pequeño que nos transportó de una base a la otra, y por poco perdemos la vida durante el viaje, ya que el avión fue atacado durante el vuelo por fuego de artillería. Sólo pensamos, Dios no nos dejes morir a última hora. Por fin llegamos a la base aérea de Ton So Nut, y nos registramos con el despachador. De ahí nos transportaron a la terminal para tomar el avión. Cuánta fue mi sorpresa al verme en las graderías, que ocuparon un año atrás aquellos soldados que vociferaban cuando llegaba mi avión. Todos a mí alrededor empezaron a gritar de júbilo, pero yo me puse triste por los jóvenes con caras de miedo y amargura que descendían del avión hacia un destino desconocido”.

Cuando le vieron de vuelta en casa para unas breves vacaciones de descanso, en ese año nuevo de 1970, mis padres volvieron a reir.

 

(Extraído del libro El mundo que quedó atrás. Miguel Guerrero, Editora Corripio, 2002)

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