Tan solo una palabra

Muchas veces sucede que por orgullo y, aún más, por temor, aunque nos morimos por hablarle a una persona de la cual por cualquier motivo nos hemos distanciado, no nos atrevemos.

Quisiéramos retomar la relación que nos unió a ese alguien, dejar atrás el mal rato, aclarar el malentendido, pero nos asalta la duda. “¿Y si nos rechaza? ¿Si no le interesa, si simplemente decidió voltear la página y echarnos al olvido y por insistir, logramos que vuelva a tomarnos en cuenta solo
porque insistimos? No. Mejor no...”

Es inevitable que nos invada el pánico de solo pensar que nos castiguen con la madre de todos los desprecios: La indiferencia.

Por un rato o por unos días dejamos de insistir. Tratamos de seguir adelante “acogiéndonos a la que creemos es la voluntad de esa persona”.

Amar a alguien no quiere decir que las cosas malas que hace y dice ese alguien no merezcan nuestro enojo.

Al contrario, más nos hieren y lastiman las acciones y las palabras de aquellos que amamos.

Y ni hablar de la frustración cuando nos damos cuenta de sus dudas sobre nuestro afecto sincero. Nos lastima en lo más hondo, su incredulidad ante nuestras palabras más profundas y ciertas.
Pero soberbios o cobardes, nos retiramos, nos negamos y le negamos al otro la oportunidad de salvar algo hermoso, que vemos agonizar y cuya salvación y único antídoto podría ser solo una palabra.

Cada vez es más difícil pedir perdón, disculparse, reconocer los errores, darle la razón a quien la tiene, reparar el daño, compensar con buenas acciones y curar las heridas que causamos en nuestros arrebatos de arrogancia.

Sin saberlo, pensamos más en los otros y por los otros que en nosotros y por nosotros. Con frecuencia estamos seguros de lo que el otro piensa y sabemos sin preguntar el porqué alguien hizo o dejó de hacer, dijo o guardó silencio.

Del mismo modo, dejamos de hacer algo que deseamos con toda el alma, por temor a ser rechazados o ignorados, colgamos el teléfono sin marcar el número de esa persona que nos morimos por escuchar por miedo a que se niegue a contestar o que al hacerlo, nos dé una mala respuesta.

Dejamos morir los afectos y morimos también un poco, por miedo a tomar la iniciativa y pronunciar tan solo una palabra.

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