Como a ti mismo

A nadie le gusta ser engañado. A ninguna persona le gusta que le digan mentiras, que lo humillen, que le roben lo que con sacrificio ha logrado adquirir. No creo que exista alguien en este mundo al que le agrade ser maltratado, y menos por las personas que ama. Hasta el día de hoy no conozco que un ser humano disfrute cuando otro lo traiciona, lo calumnia o lo juzga mal. Por más tiempo que pase y por más personas que uno vaya conociendo en la vida, nunca encontrará a una sola que se sienta feliz cuando recibe una agresión física o verbal.

Sin importar el nivel, su autoestima, jamás recibirá con beneplácito las palabras ofensivas, los insultos, las vejaciones y las humillaciones. Aunque tenga a manos llenas, no le agradará que le sustraigan o le destruyan, por envidia o maldad, ninguna de sus posesiones.

Me cuesta creer que a alguna persona le dé lo mismo cuando alguien menosprecia su esfuerzo y demerita su trabajo.

Por más que afirme que lo ignora, a nadie le gusta que lo critiquen a sus espaldas, que le maldigan y le deseen mal. Estoy segura que a nadie le gusta ser víctima de las injusticias de los demás, al contrario, espera en todo caso y en algún momento ser privilegiado, beneficiado.

Ser ofendido e ignorado no es aspiración de ningún ser humano.

No creo que alguien se sienta agradecido con aquel que le traiciona y le falta el respeto, ni con aquel que se alía a su enemigo para dañarlo y perjudicarlo. No existe aquella persona que quiera que otra le niegue el agua cuando siente sed. No puede ser que alguien espera indiferencia ante su dolor, sus problemas y sus necesidades. Al contrario, siempre estamos esperando apoyo, solidaridad, amor, lealtad, fidelidad. Nos creemos merecedores del respaldo y la ayuda de nuestros semejantes. Jamás esperamos una traición de aquellos en quienes confiamos. Nos ofende profundamente una falsa acusación, una humillación, una palabra ofensiva. Nos indigna que nos despojen de lo que nos pertenece, que nos nieguen las oportunidades a las que tenemos derecho. Nos lastima que nos calumnien. Nos mata la indiferencia y el desdén. Nos duele la indolencia ante nuestro sufrimiento. Sin embrago, nos resulta tan fácil darles a los otros todo esto que nos duele tanto recibir. ¿Por qué no pensar por un instante y ponernos en lugar de los demás, antes de actuar?

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