Todos tenemos nuestro pasado

L as personas, egoístas al fin, nos creemos que solo nosotros hemos vivido, disfrutado o tenido en nuestra vida, horas, días, tiempos y compañías insuperables, inolvidables…
Creemos que solo nosotros hemos tenido etapas que aunque van cambiando con el tiempo, tratamos a toda costa de eternizarlas.

Por eso, aunque otras cosas capten la mayor parte de nuestra atención, no las desechamos del todo, las dejamos ahí, porque fueron tan buenas que entendemos que bien vale la pena conserrvarlas, más si esas cosas siempre están disponibles, a nuestra merced.

Creemos que en tal o cual año, solo nosotros éramos felices, amábamos, teníamos a nuestro lado las cosas y personas que nos acompañarían por siempre. Nos hacemos de cuenta que aquellas personas y cosas que vamos encontrando en el camino llegaron a nosotros sin historia, sin pasado, sin nada ni nadie que recordar. Que nadie le espera.

Damos por hecho que no existe nadie más en su historia con quien desearía volver a vivir episodios tan fascinantes, sin importar que ya se le haya jurado lealtad a alguien más.

En ese egoísmo natural que nos caracteriza, pensamos que tenemos derecho a mantener nuestro pasado vivo, cerca, para al más mínimo descuido o insinuación, perdernos por un instante en las páginas de esa historia que tanto nos gustó y que gracias a la falta de dignidad y amor propio del otro nos podemos dar el lujo de volver a vivir aunque sea de forma breve y muy discreta, arriesgándonos a perder a quien ahora nos acompaña y más cuando ese nuevo acompañante tiene un altísimo sentido del amor propio, la dignidad y el orgullo.

El pasado es eso: Pasado. Por excitante que haya sido, es importante poseer la suficiente madurez y exhibir el debido respeto hacia los demás, para dejarlo atrás.

Esa es una manera de respetarnos y sobre todo, de respetar a aquellas personas que hoy están junto a nosotros y con quienes escribimos las páginas de nuestro presente.

Además, dejar entrar y dejar permanecer a nuestro lado el pasado, nos obliga a aceptar y abrirle las puertas al pasado del otro, aunque ese otro, por madurez, respeto y lealtad, haya dejado el pasado en su lugar. Así que si esto pasa, no habrá reclamos. l

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