Antes de la crucifixión Jesús fue sometido a los peores escarnios

Antes de ser crucificado, Jesús fue flagelado, castigo que tenía como objetivo humillar y escarnecer al condenado, pues durante el Imperio Romano lo utilizaban para castigar ofensas contra el Estado, que regularmente terminaban en crucifixión.

El castigo solo se aplicaba a esclavos y criminales condenados a morir en la cruz. A veces, el reo moría por los azotes.

Jesucristo soportó este castigo, con lo cual perdió mucha sangre. La flagelación hebrea constaba de 39 golpes; en cambio, la romana lo dejaba a juicio de los verdugos, que evaluaban el número de golpes y el sitio para darlos.

Efectos de la flagelación

En Jesús la flagelación tuvo como consecuencia que su espalda quedó desgarrada y las laceraciones rasgaban músculos, venas y tendones. El cuadro es indicador de que también sufrió hemorragias.

El sufrimiento de Jesús cuando iba camino al Gólgota se explica en que los golpes de la flagelación provocan contusiones en dorso y pecho, con dolor, inflamación de la pleura, lo cual causa respiración dolorosa.

Además, el corazón de la persona flagelada se acelera para bombear sangre inexistente, baja la presión sanguínea, lo que provoca desmayos y la persona comienza a sentir sed porque el cuerpo se deshidrata por la pérdida de sangre.

Pasión y muerte de Jesús

Tras ser flagelado, Poncio Pilato y Herodes entregaron a Jesús a la multitud, Jesús es obligado a cargar con una pesada cruz de madera, en la que sería crucificado en la colina de las calaveras o Gólgota.

El pueblo lo seguía. Unos burlándose y otros llorando, como María, su madre, y los apóstoles. Mientras cargaba la cruz, Jesús era azotado por los soldados, y perdiendo la fuerza cae al suelo dos veces, por lo que los soldados piden a Simón de Cirene que lo ayude.

Estando en el Gólgota, Jesús es despojado de sus vestiduras y clavado en la cruz. Para entonces, la muerte en la cruz era el más cruel de los castigos, destinado solo a los peores criminales, y se hacía ya sea clavando al condenado de pies y manos o amarrándolo.

Es así como Jesús es crucificado en medio de dos hombres considerados de los peores criminales por el imperio, ya que eran tildados de sicarios.

Las siete palabras

Ya en la cruz, Jesús, cuenta Marcos, pronunció siete palabras: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, 2. “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso; o Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso”, 3. “Madre, he ahí tu hijo... hijo, he ahí tu madre”, 4. “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, 5.”Tengo sed”, 6.”Todo está hecho”, y 7. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Al pronunciar esta última palabra, Jesús murió y ascendió al cielo. Con su muerte, Jesús convirtió la cruz en un símbolo de redención.

Según Marcos, al morir Jesús el cielo se oscureció, la tierra tembló y el templo se destruyó, mientras algunos soldados decían que en verdad habían matado al hijo de Dios.

Su cuerpo fue llevado a una cueva, la cual Caifás dispuso fuera custodiada para evitar que los seguidores de Jesús aprovecharan la noche y se lo llevaran. Al tercer día, el domingo, Jesús resucitó.

Los sicarios eran temidos por los romanos

Los sicarios era guerreros provenientes de la aldea de los zelotes, ubicada en el norte de Galilea, temida por los soldados del imperio por la férrea oposición que tenían allí, hasta el punto de que nunca pudieron establecer un dominio absoluto sobre esas tierras.

Se les llamaba sicarios porque asesinaban en lugares públicos a soldados romanos y colaboradores del imperio con una espada pequeña como un cuchillo llamada Sica, la cual escondían en las mangas de sus túnicas y no se notaban, además de que les permitía deshacerse de ellas con facilidad.

Queremos ofrecerte lo mejor de nosotros
¿Te gusta el contenido de este artículo?

Compartir
Noticia anteriorMás de tres mil agentes de la Amet brindarán servicios en Semana Santa
Noticia siguienteProcuraduría interrogará hoy a Vicente Bengoa por caso Odebrecht