El ladrón (2 de 3)

    Embrutecido por la golpiza, el hombre continuó corriendo al
    garete con adolorida velocidad.

    En varias ocasiones tuvo que volver sobre sus pasos y enderezar el rumbo, sin que atinara a encontrar una salida, hasta que finalmente se metió en un patio, atravesó un nuevo callejón y fue a dar a la calle para buscar refugio en otro patio. Allí, oculto detrás de una carbonera, se llevó las manos a la cabeza y rompió a llorar a lágrima viva. Era un lugar oscuro y sucio, polvoriento. A pocos metros de distancia reposaba un numeroso palomar. En otro sitio se divisaba una pocilga y un gallinero destartalado. Olía horrible a mierda y a tabaco.

    En el vecindario había cundido la alarma. Se había formado un ajetreo del otro mundo. La gente empezaba a salir en manadas a la calle, semivestida, improvisadamente armada de cuchillos y tubos. Algunos se habían organizado en patrullas y lo buscaban con lámparas y linternas, escudriñando minuciosamente en los rincones más inocentes.

    Un veterano del ejército comandaba un pelotón improvisado que a duras penas, y con larguísimas voces de mando, lograba mantener en formación, tratando de tender una especie de cerco en las calles aledañas. Dentro de las casas reinaba también la agitación. Curiosos y desobedientes, los menores se agolpaban en las puertas y ventanas, sin reparar en las órdenes histéricas de las mujeres. Por momentos la gritería aumentaba, y con la gritería de la gente se confundían los ladridos de los perros que pululaban en las cercanías, nerviosos y desorientados.

    El hombre se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano, y entonces paseó la vista por los alrededores, buscando el lugar más apropiado para continuar la fuga. Pero su cuerpo todo era un solo temblor. Se sentía sin fuerzas, destruido por dentro: cansado y aterrorizado. Y sentía que los ojos pugnaban por salírsele, el estómago se le aflojaba, el corazón le demolía el pecho y de la frente le manaba sangre aún y le dolían a la vez todos los músculos y las costillas y los palos en la cabeza.

    -Y le voy a poner electricidad a la puerta para que se electrocuten todos los jodones -dijo el doctor Córdoba, vistiéndose-. Porque lo grande de este paisito es que nadie respeta a nadie. A cualquier hora le vienen a tumbar la puerta a uno por cualquier cosa... ¡Ustedes me van a volver loco! ¡Me voy a tener que mudar al monte para que dejen de joderme! -Dentro de la casa había dos luces encendidas. Afuera se oía la respiración atropellada de Mercedes.

    Moviéndose con extremo sigilo, un grupo de cinco personas entró al patio y se detuvo a pocos metros de la carbonera y alguien preguntaba dónde se habrá metido. El hombre contuvo la respiración y apretó los dientes: se replegó sobre sí mismo tratando de no mover una paja. Uno de los perseguidores portaba un martillo agarrado por el mango. Los otros cargaban piedras y punzones y por mi madre que si lo agarro lo quemo vivo. Durante algunos minutos discutieron en voz baja, con cierta animación y entusiasmo, y luego se desplegaron en silencio, intercambiando gestos y señales de prevención. Desde su refugio el hombre los sentía removiendo tablas, pateando latas y piedras, abriendo y cerrando puertas sospechosas, y hasta se dio cuenta de cuando levantaron la pesada tapa del aljibe, bajo la cual sólo encontraron una antigua osamenta de gallina y el cerrojo de un Máuser, decrépito y mohoso.

    Empeñados en no pasar por alto ningún posible escondrijo, continuaron buscándolo celosamente por espacio de un cuarto de hora.

    Pero más luego, justamente cuando se disponían a revisar en la carbonera, estalló un grandísimo alboroto en las cercanías: el barrio entero parecía dirigirse en tropel hacia un lugar determinado, rompiendo las formaciones estratégicas del cerco. Entonces, aprovechando el barullo y la distracción, el hombre se disparó a la calle sin perder un segundo. Después se encaminó hacia el parquecito, moviéndose con pasos regulares.

    Desmoralizado y jadeante -y ya casi en el límite de su resistencia- lo atravesó por la margen derecha, raneando penosamente entre los cigarrones y las albahacas. Por los alrededores no se veía un alma: toda la atención se había concentrado unas tres calles más abajo. En el aire se dejaba sentir un perfume denso y rústico.

    -Te dije que ya iba, Mercedes -gritó el doctor Córdoba-. No sigas jeringando tanto. Me vas a hacer perder la paciencia.

    -No se ponga así, Doctor -replicó Mercedes-. Usted sabe que si no fuera una cosa grave yo no estuviera haciéndole tanta bulla.

    -¡Carajo, sí! ¡Ya me lo dijiste! Lo sé que ha pasado una tragedia... ¡Se está acabando el mundo! Pero si me sigues apurando tanto no voy a ningún sitio... Aunque se esté muriendo el Papa... -La luz de la sala se apagó en ese momento. Luego fue abierta la puerta de entrada. El doctor Córdoba apareció en el umbral, ceñudo y ojeroso.

    El hombre giró en redondo y retrocedió hacia el frente de la casa para cubrirse las espaldas. Entonces lanzó la piedra enorme, sorpresivamente, y descalabró a uno de los tres que lo acosaban. De inmediato se escuchó el zumbido de la cadena. Luego vino el golpe: la mejilla pulverizada. El hombre se cubrió la cara con las manos y embistió furiosamente, sin reparar en su carne dolorida. Con un violento cabezazo logró derribar al de la cadena y comenzó a patearlo en el suelo. Casi al instante recibió un navajazo a manos del tercer adversario, en el hombro. Retrocedió como un felino, tratando de librar otra acometida, e instintivamente alargó el brazo para encontrar el hierro que ya venía de regreso, buscándole el corazón.

    Durante algunos segundos tuvo lugar un violento forcejeo.

    Luchó con todas sus fuerzas por apoderarse del arma. Pero a cada nuevo intento la hoja se deslizaba, inasible, dentro de sus manos y le producía heridas profundas y transversales. Finalmente logró quitárselo de arriba con un rodillazo en el estómago.

    Y en ese preciso momento apareció la turba. Un centenar de personas rabiosas y enardecidas al punto de descubrir la sangre y los heridos se le vino encima con la violencia de una locomotora, aullando y maldiciendo terriblemente.

    El hombre apenas tuvo tiempo de meterse en un zaguán. Cerró la puerta con premura y se mandó escaleras arriba, salvando los peldaños a grandes zancadas. En la azotea había un tendedero de ropa: cajas dispersas, botellas vacías. Era un antiguo edificio de tres pisos, alto y angosto. No había salida. (De “Los cuentos negros”). l

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