Héctor Jiménez: “Le debo todo a la medicina, es parte de mi vida”

    El doctor Héctor Jiménez es un reputado médico dominicano, cuya carrera se ha desarrollado en el extranjero, específicamente, en la ciudad de Miami.Obtuvo su título de Medicina en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, y un postgrado en Medicina Interna y Cardiología en la Miami Miller School of Medicine. Inició su práctica privada en Cardiología en 1985, escalando, gracias a su dedicación, preparación e incuestionables méritos, altas posiciones en el hospital Cedars Medical, desde vicedirector del Departamento de Medicina hasta jefe de los departamentos de Cardiología, de Medicina, de Educación Médica en Cardiología y de la Unidad de Cuidado Coronario, entre otras.

    El día de su nacimiento, su padre anunció que había nacido un doctor, palabras con las que, sin saberlo, profetizaba el futuro de la criatura que acababa de llegar al mundo. Lo que en ese momento no podía imaginar siquiera, era que ese recién nacido escribiría su historia más allá de las fronteras de este país.

    A la edad de 26 años, Héctor hizo sus maletas y se fue a los Estados Unidos, para ampliar los conocimientos obtenidos, con el título de doctor en Medicina de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. “Yo salí de la República Dominicana con 283 dólares en los bolsillos, el pasaje ‘fiao’ y una visa de turista, que cuando eso era nada más de 30 días”. Fue un gran sacrificio que muy pronto comenzó a dar sus frutos. A pesar de que quería ser pediatra, la experiencia en la sala de emergencias y ver cómo los médicos de cardiología se entregaban a los pacientes y los esfuerzos por salvar vidas, pronto despertaron el deseo de ser uno de ellos. Una posición, sin embargo, que no llegó a solicitar, porque elegido.

    Esta es la historia de vida de Héctor, el médico meritorio, reconocido dentro y fuera del país, pero sobre todo, es un relato de los episodios más significativos del trayecto que ha seguido el ser humano alegre, optimista, el amigo solidario y el padre. Un hombre que agradece cada día a Dios por todo lo que ha logrado y por las personas que con sus consejos y acciones lo han ayudado a ser mejor cada día.

    1. Dajabonero
    Soy, junto a mis tres hermanos, el producto del amor de dos personas que se casaron muy jóvenes, Marina Jiménez y Domingo Jiménez. Domingo Jiménez, mi padre, tenía alrededor de 21 años, era un pequeño empresario de Dajabón, que como cualquier padre, quería lo mejor para sus hijos. Él llevó a mi mamá a dar a luz a Montecristi, con el doctor Kunhart. Yo nací en Montectristi, pero a las tres horas de haber nacido, mi papá le dijo al doctor que se iba para Dajabón a declararme y el doctor le preguntó que por qué, y él respondió: “porque quiero que si sale médico, Dajabón tenga un hijo médico”. Abrí los ojos en Montecristi, pero soy dajabonero, a mucho orgullo. Mis abuelos son de Montecristi y de Dajabón. Me pasé mis primeros meses en la ciudad de Dajabón y después mi padre se trasladó a Santiago. Mi madre, que para entonces tenía 16 años, se preguntaba que por qué nos íbamos y mi papá le dijo: “porque Héctor no va a tener la oportunidad de estudiar aquí. Por eso nos vamos para Santiago”.

    2. Un niño muy serio
    Recuerdo que cuando era un niño, para mi edad, era demasiado serio. La gente le decía a mi papá que si él me había mandado a estudiar a Suiza, porque yo era un niño demasiado serio. Pero a pesar de eso, yo hacía mis travesuras. Una vez, estando en el patio de la casa, había una niña que era un poquito más pequeña que yo, y yo cogí una cucharita, la puse a calentar y se la pegué en una pierna. La niña salió corriendo y todos se asombraron cuando ella dijo que había sido yo. Nadie podía creer que yo podía hacer eso. Lo mismo pasó en la iglesia San José, de Santiago, donde yo era monaguillo, y el padre Justo, que toda mi generación lo recuerda, él encontró un desorden en la sacristía y preguntó qué había pasado y quiénes estaban involucrados en ese desorden, y cuando le dijeron que yo estaba involucrado. Él dijo: “¿Héctor estaba ahí?” y cuando le dijeron que sí, contestó que entonces todos estaban perdonados. Porque no podía creer que yo, tan tranquilo y serio, podía estar metido en eso.

    3. Jugando a ser médico
    Desde que yo tenía 14 años me iba al Hospital José María Cabral y Báez, y un día yo estaba en la emergencia y en eso llega un doctor muy respetable, un profesor muy querido, con su maletín agarrado con la mano derecha y entró, y al ver este muchachito de 14 años en la emergencia preguntó que quién yo era, y uno de los médicos le respondió que yo era un niño que quería ser médico. Él se queda viéndome y me pregunta: “¿cómo es tu nombre?” y yo le respondí que me llamaba Héctor Jiménez. En ese momento, en la emergencia había una señora con un absceso muy grande y él me dijo que me acercara y oliera lo que la señora tenía. Así lo hice, y él se quedó viéndome y me dijo: “tú vas a ser un buen médico. Lo único que tienes es que eres Jiménez y los Jiménez somos locos”, era el doctor José de Jesús Jiménez, una gloria de la Medicina Dominicana, un científico.

    4. A la universidad
    Recuerdo que yo decía que iba a ser médico, y a los 14 años, en Santiago, cuando salía del liceo Ulises Francisco Espaillat, me ponía una bata y me iba al Hospital José María Cabral y Báez, y cuando iba camino al hospital, los amiguitos míos estaban jugando pelota, por eso no soy buen pelotero. A los 18 años, cuando me tocaba entrar a la universidad, la UASD se cierra por la Revolución. Entonces mi padre se fue para Puerto Rico y me inscribió en la Universidad de Puerto Rico y me trajo una cantidad de libros para que los estudiara, porque en dos semanas tenía un examen de admisión. O sea, que gracias a mis padres y, sobre todo, a la visión de mi padre, que quería que yo fuera médico, no recuerdo nada que me indique que yo quería ser otra cosa que no fuera ser médico.

    5. Un año en Puerto Rico
    No fue difícil vivir en otro país, durante el año que estuve en Puerto Rico, ya yo tenía 18 años y desde ese entonces ya no vivía en la casa paterna. Mi papá se inventó un negocio con el cual tenía que ir a comprar en Puerto Rico. Entonces él iba cada dos semanas mientras yo estaba allá. Recuerdo que el primer día que yo me quedé allá, mi papá, que era un hombre de seis pies, muy dominicano, muy fuerte, deportista , muy enamorado, sin embargo, lo vi llorando cuando me dejó allá solo y tuvo que volver al país. Yo me sentía en capacidad de quedarme solo. Estar en Puerto Rico fue fácil para mí, tenía todo cerca, estaba enfocado en lo que quería hacer. No estaba perdiendo el tiempo.

    6. De vuelta al país
    Cuando regresé a estudiar a la UASD y terminé, con el doctor Héctor Pereyra Ariza organizamos el programa de la pasantía en el campo, y yo elegí ir a Dajabón. Ese fue un regalo que yo quise hacerle a mi pueblo. Cuando mi papá se enteró que yo iría a Dajabón, sintió que era un sueño hecho realidad. Yo tenía un programa de radio en una emisora que se llamaba Radio Beler, a la una del día. Era un programa de salud y la gente venía de los campos a visitar al doctor del programa; y cuando llegaban y preguntaban por el doctor y les decían: “mírelo ahí”, decían: “no, a ese niño no, es al doctor que habla por el programa”, le tenían que aclarar que ese niño era el doctor que hablaba en el programa. Ellos esperaban a un señor maduro, con canas y muchos años de experiencia, pero era un niño de 26 años, con poco menos de 120 libras.

    7. El cardiólogo
    He tenido la dicha de tener profesores de primera categoría, pero en realidad, yo pensaba que sería pediatra. Eso era lo que yo pensaba cuando me fui a los Estados Unidos a estudiar la especialidad. Y cuando estaba trabajando en emergencia, me sorprendió que los médicos de medicina interna y cardiología tenían una capacidad de ayudar a la gente en los momentos más difíciles. Sin embargo, no solicité que quería entrar a hacer cardiología, esa es otra historia. Para mi sorpresa, el jefe de Cardiología de la Universidad de Miami, me invitó y me preguntó que si yo quería ser cardiólogo. Eso fue una gran sorpresa para mí. Fue una elección. Era algo imposible, que de entre 40 estudiantes de las universidades de Harvard y de Yale, que estaban ahí y que querían ese puesto y para el cual solo elegían dos por año, que el Chairman me solicitara a mí. Fue una gran sorpresa. Le dije que yo estaba muy impresionado, pero que lo iba a pensar. Cuando fui y se lo conté a mis compañeros, todos comenzaron a reclamarme y a decirme que cómo yo le podía decir que lo iba a pensar, si todos querían ese puesto. Así fue. Así tuve la oportunidad de ser cardiólogo y poder ayudar a mucha gente, por ese entrenamiento. Después que tú sales del entrenamiento en el Hospital Jackson de Miami, te puedes quedar solo en la Siberia y puedes funcionar, porque tendrás la experiencia y la capacidad de afrontar las emergencias que se puedan presentar.

    8. Recuerdos felices
    El nacimiento de mis dos hijos es de los recuerdos más felices de mi vida. Así mismo, el nacimiento de mis dos nietos, que son mellizos. El día que mis nietos iban a nacer, yo estaba en el hospital de la universidad, y entonces, por ser yo médico, me estaban dando la posibilidad de que yo entrara al parto, pero yo dije que no y dejé que mi hijo entrara. Al rato, mi hijo salió con la foto de los niños en el teléfono, la alegría de mi hijo, al convertirse en padre, fue para mí una alegría indescriptible. Después me preguntaron que por qué no entré y les respondí que si entraba, al salir le iba a quitar protagonismo a mi hijo. Cuando saliéramos de ahí, nadie le iba a preguntar a mi hijo cómo había salido todo. Sólo me preguntarían a mí.

    9. Tiempos difíciles
    Mi hijo mayor nació con problemas de salud y a los seis meses nos dimos cuenta de esos problemas, y el hecho de que sufriera y tuviera dolor, me acongojaba. A veces uno podría preguntarse ¿por qué yo? Aun cuando la vida me ha sonreído en todo, a los 26 años me toca que mi hijo tuviera esa dificultad. Pero yo nunca le pregunté eso a Dios. Simplemente acepté. La doctora Marina Cohén, que era mi profesora, me hizo ver la capacidad de adaptación del ser humano. Me sentí y me siento contento de que a pesar de ese dolor, Dios me ha dado la vida. Mi hijo tiene 40 años y parece que tiene 18. Es muy alegre y nos ha dado dos nietos. Él, a los 16 años, entró en problemas de rebeldía, porque no entendía por qué no podía hacer todo lo que hacían sus amigos y tuvimos unos años difíciles, pero con el apoyo familiar, sobre todo de mi esposa y de su hermano, lo superamos. Un día él me dijo: “sabes, a veces yo pensaba que por qué yo tenía esa enfermedad, pero llegué a la conclusión de que de no haber tenido falcemia, no habría sido Héctor José y quizás no hubiese existido.

    10. La profesión y la familia
    Ser médico, padre y esposo, hace que le robes tiempo a la familia, pero tienes que ofrecer calidad. En el tiempo que mis hijos crecieron yo cambié pañales, los alimenté, los cuidé. Trataba de pasar mi tiempo libre con ellos. Eso me da la sensación de que no los descuidé, de que siempre estuve cuando me necesitaron. Mi esposa se dedicó en cuerpo y alma a mis hijos y a mí, ella dice que soy su tercer niño. Llegamos a la conclusión de que no podíamos salir los dos a trabajar. Mi esposa se llama María Hernández Díaz, ahora es María Jiménez. Mis hijos se llaman Héctor José y Víctor Manuel.Los nietos: Héctor José y Víctor Emmanuel.

    Un trabajo arduo coronado por el éxito

    Uno de los más altos logros alcanzados por el médico dominicano, fue su designación como presidente del Cuerpo Médico del Hospital de la Universidad de Miami, antiguo Cedars Medical Center, la más alta posición de esa institución. El prestigioso cardiólogo, además, pertenece al Comité Ejecutivo del hospital que está integrado por la dirección de la Universidad, y los administradores, también participa en las decisiones sobre el manejo y el cuidado de los pacientes en el hospital, que es una de las funciones del presidente del Cuerpo Médico. Jiménez cuenta con una amplia experiencia en el manejo del personal hospitalario; porque en el año 1995 fue presidente del hospital Cedars Medical Center.

    También fue jefe de cardiología, director del departamento de medicina y chairman de la Asociación Americana del Corazón, del condado Dade, en el año 1996.

    Ha participado en el Comité Ejecutivo del hospital, constituyéndose en uno de los líderes del cuerpo médico, lo que se fortalece con su categoría de ser egresado de la Universidad de Miami.

    Es miembro del Comité Médico Ejecutivo y de las juntas directivas de South Florida Health Foundation y American Heart Association; de Dade County Medical Association; de Florida Medical Association; de American Medical Association y de American Heart Association, División Miami Metro, de la cual es su presidente.

    El legado de un médico

    Ahora estoy en una compañía que se llama South, una compañía de investigación clínica, que es algo que está creciendo mucho en todo el mundo y ya en la República Dominicana también están participando los médicos dominicanos. En un reporte, la doctora Petronila Martínez hablaba de que había participado en una investigación clinic, es decir, que se trata de un producto que ya ha sido estudiado en el laboratorio y se ha comprobado que funciona en el ser humano, lo que sigue es hacer estudios de control en pacientes. En estos momentos estoy participando como investigador clínico para un producto del control del colesterol a nivel mundial. De hecho, el primer paciente que empezó fue un paciente que ya yo elegí y que comenzó el tratamiento para eso. Ha sido un gran orgullo participar en eso. Hoy día, la efectividad de los medicamentos  para controlar el colesterol ha sido probada, pero siempre estamos en busca de medicamentos que produzcan los menores efectos colaterales y que los pacientes lo puedan asimilar. Este producto ya está en fase clínica, es decir, en segundo nivel. Ese medicamento va a tener menos efectos colaterales que los otros. 

    Agradecido
    “No pido más de lo que tengo. Le doy gracias a Dios por lo que me ha dado, no lo cuestiono por lo que no tengo. Eso no es ser conformista”.

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