No siempre tenemos razón

    S iempre me ha llamado la atención que cuando dos partes se enfrentan en una discusión sobre cualquier tema o situación, ambas se sienten seguras de tener la razón, por lo que no admiten nada que sea contrario a lo que ellos entienden es su verdad. Esa situación es muy común en los tribunales.

    La gente que acude a una audiencia y que no tiene conocimientos de Derecho, al escuchar la defensa queda convencida de que éste está diciendo la verdad, lo mismo pensará cuando escuche al fiscal en una audiencia penal. Será igual al escuchar lo que dice en favor de su representado el abogado de la parte demandada y quedará más confundido al escuchar lo que argumenta el de la parte demandante.

    Lo mismo pasa en nuestra vida diaria. Cada vez nos resulta más difícil aceptar que no tenemos razón, y más impensable es para muchos, decir “me equivoqué, tú tenías razón”.

    Aunque al final de una discusión, defendiendo un punto de vista, uno se dé cuenta que no estaba en lo cierto, prefiere retirarse, alegando que no quiere seguir discutiendo el tema. Un porcentaje mínimo se tomará la delicadeza de llamarnos y admitir que nuestro punto de vista era el correcto.

    Lo mismo sucede cuando, antes de tomar una decisión, consultamos a una persona, y lo que ésta nos aconseja, que quizás, y muchas veces sin quizás, es en verdad lo más conveniente, pero como no coincide con lo que queremos escuchar, sencillamente desechamos el consejo, tratamos de convencer a esa persona de que nuestra idea es la mejor y al final terminamos haciendo lo que ya habíamos decidido de antemano.

    Al observar a los demás y muchas veces al analizar nuestras actitudes, nos damos cuenta de que admitir el error y reconocer que estábamos equivocados, es más difícil para los seres humanos que el error mismo. Es bueno saber que reconocer nuestras equivocaciones nos engrandece, demuestra que somos personas de mente abierta, que respetamos a los demás. Quien se cree infalible lo único que logra exhibir es una terrible ignorancia.

    Decir: “Lo siento, me equivoqué, tú tenías razón”, no solo se escucha bonito al decirlo, proporciona un estado de paz, una gran liberación, porque sentimos que hemos actuado con justicia. l

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