El dilema de Ángela Merkel

    Ángela Merkel ha surgido como una de las figuras políticas más influyentes de Europa, en medio de la crisis económica y financiera más prolongada y profunda de la posguerra.

    El ejercicio del poder de Ángela Merkel está cimentado sobre bases muy sólidas, pues la economía de Alemania pasa por un muy buen momento, gracias a la demanda internacional de los productos de su industria; a unos niveles de inflación estimados en un 1.8% para el 2012; y a la tasa de desempleo más baja en dos décadas.

    La economía más fuerte de Europa se beneficia de la actual incertidumbre de los mercados, que ha provocado un flujo de capitales que ha llevado la tasa de interés a niveles cercanos a cero, lo que beneficia a sus empresas, cuando algunos de sus socios de la Eurozona pagan una sobre-prima insostenible, comparada al Bund Alemán.

    La canciller y sus asesores tienen sus miradas puestas en sí mismos y consideran que el excelente desempeño de su economía está basado en ciertas políticas de largo plazo que deberían ser aplicadas por sus socios europeos, para salir de la crisis y garantizar un excelente desempeño a largo plazo, luego de una contracción inicial.

    En primer lugar, la austeridad que dicta el equilibrio en las cuentas fiscales y que obliga a no gastar más de lo necesario.

    En segundo lugar y como consecuencia de lo primero, una muy baja tasa de  inflación, acorde con los requerimientos de una economía exportadora y con la experiencia histórica y el carácter perseverante y ordenado de los alemanes.

    Las durísimas condiciones impuestas a Alemania luego de la Primera Guerra Mundial, causaron un grave desorden monetario, que provocó que una barra de pan costara un millón quinientos mil marcos en septiembre de 1923. El resultante desajuste social incentivó el extremismo político y la toma del poder por los nazis, que ha dejado traumáticas secuelas en un pueblo de una extraordinaria tradición cultural. Esto explica que los gobiernos democráticos de la posguerra hayan asumido el control de la inflación como un dogma de fe.

    En tercer lugar, una inquebrantable confianza en la operación eficaz de los mercados y desconfianza a la intervención del Estado en los mercados, que resultaría ineficaz y posiblemente perturbadora. De ahí, que el economista Ludwig von Mises, en su día afirmara: “La expansión del crédito sólo provoca una prosperidad temporal”.

    Contrario al profesor von Mises, el economista británico John Maynard Keynes abogó por el aumento del gasto y el déficit público y la expansión monetaria para corregir las crisis de desempleo en el corto plazo, argumentando que los mercados son ineficaces para corregir una coyuntura de alto desempleo y que las políticas de austeridad que reducen los ingresos provocarían un ajuste lento en el mejor de los casos y sumamente doloroso, debido a un prolongado desempleo, que afectaría a los más vulnerables, como el que afecta hoy al casi 50% de la juventud española.

    Nicholas Wapshott ha escrito en el New York Times (24 de enero 2012), “Keynes advirtió que el empobrecimiento deliberado de un país industrial avanzado alentaría los movimientos políticos extremistas... Tenía razón.

    Este es el riesgo… de Ángela Merkel hoy…” Y este es su dilema, pues la canciller se debate entre su fe en una ortodoxia económica, que definitivamente rinde frutos en el largo plazo, y la repulsa que le debe causar el surgimiento de los grupos neo-nazis en Grecia, y extremistas y xenófobos en otros países de Europa.

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