Claraboyas

    1. Nombres indios (humor) [fuente desconocida; cortesía de Guillermo Lema Yanza, desde Ecuador]: Un niño indio le pregunta  a su padre, el gran jefe y chamán de la tribu:

    - Padre, ¿porqué nosotros tenemos nombres largos, y en cambio los blancos los tienen más cortos, como Bill, Ted o Sam?
    El padre le responde:

    - Mira, hijo, nuestros nombres representan símbolos y eso es poesía para nuestra cultura. No hacemos como los blancos, que viven todos juntos y tienen nombres repetidos. Además, eso es parte de nuestras costumbres,  las cuales a pesar de todo, aún sobreviven. Por ejemplo, tu hermana se llama “Pequeña Luna Titilante sobre el Lago”, porque cuando ella llegó a este mundo era de noche y había una hermosa luna  llena reflejada en el lago. Tienes también a tu hermano, “Gran Caballo Blanco de las Praderas”, porque fue pedido a los dioses en el lomo de uno de esos caballos que recorren las praderas de estas tierras y son el símbolo de la capacidad de vivir y de la fuerza que tiene nuestro pueblo. Es todo muy simple de entender. ¿Tienes otra pregunta, mi “Pequeño Condón Defectuoso Made  in China”?

    2. ¿Nostalgias de eternidad? (poema) [Fernando Pessoa (1888-1935), poeta portugués; fuente desconocida]:
    Fumo, sueño, recostado en un sillón, me duele vivir como una costura incómoda, pero debe existir un lugar más allá del sur de las cosas, donde vivir sea más suave, donde vivir cueste menos al pensamiento, donde uno pueda cerrar los ojos y adormecer al sol.

    3. ¿Hacia dónde hay que lanzar la botella? [Yakov Perelman: www.librosmaravillosos.com] [Corchete y asterisco-comentario míos, DSB]:
    ¿Hacia dónde hay que lanzar la botella desde un vagón en marcha [el Metro en Santo Domingo, por ejemplo] para que sea mínimo el riesgo de romperla al chocar con la tierra?

    Como se corre menor peligro saltando hacia adelante de un vagón en marcha, puede parecer que la botella chocará con el suelo más suavemente si se la tira hacia adelante. Esto no es cierto: para atenuar el choque hay que arrojar los objetos en dirección contraria a la que lleva el vagón. En este caso la velocidad imprimida a la botella al lanzarla, se sustrae de la que ella tiene a consecuencia de la inercia (*), por lo cual su velocidad en el punto de caída será menor. Si arrojamos la botella hacia adelante, sucederá lo contrario: las velocidades se sumarán y el impacto será más fuerte.

    El hecho de que para las personas sea menos peligroso saltar hacia adelante, y no hacia atrás, se explica de otra manera: nos herimos y magullamos menos si caemos hacia adelante y no hacia atrás.

    (*) Imagina, lector, que pones a rodar una esfera metálica con velocidad VE  respecto al suelo del vagón, en la dirección y sentido de su movimiento. Si la velocidad del vagón es VG respecto a un observador parado en tierra fuera del vagón, entonces la velocidad de la esfera para este observador será VG + VE, y si la hubieras puesto a rodar en sentido contrario al movimiento del vagón ese observador la vería moviéndose con la velocidad VG – VE. Esta es la clave para entender el texto de Perelman. Ahora bien, mencionemos la existencia de la velocidad vertical de caída VVC de la botella debida a la acción de la gravedad, la cual depende de la altura del vagón. La velocidad con que cae la botella es la suma (vectorial) de ambas velocidades, la horizontal (VG + VE o VG – VE) y la vertical VVC. De todos modos, tenida en cuenta la VVC, el riesgo mínimo de romperla se da cuando aquella suma es mínima, es decir, cuando se lanza la botella horizontalmente en sentido contrario al movimiento del vagón.

    4. El deseo de la Tierra (fantasía literaria) [DSB;  Baní, 1961]

    Díjole la Tierra al Sol:
    Esposo mío,  mi vientre está cansado de tantos embarazos, de tantos renacimientos. Hace siglos que sobrellevo ésta pesada sujeción monótona. Estoy vieja, llena de amargas experiencias y de un convencimiento terrible: son tan decepcionantes nuestros hijos los hombres que no vale la pena engendrarlos.

    Yo les comunico vida y los entierro en mis propias entrañas en una rutina perenne, víctima de una ignorancia dolorosa. En un principio sólo di a luz un puñado de ellos, pero pronto reconocí que era indeseable que existieran, que urgía la creación de otras criaturas más perfectas. Con tal propósito, les di muerte enterrándolos en mí misma.  Mas vino el prodigio: en contra de mi voluntad se produjo una súbita regeneración espontánea. La virtud del ave Fénix se daba en ellos, y no tuve más remedio que llevarlos  desapaciblemente sobre mí como una condenación ignota del Padre que creó los mundos.

    Pero los hombres heredaron la inteligencia de su abuelo, medio único de vengar mi persistente actitud homicida contra ellos. Me hostigan incesantemente con ese  instrumento poderoso, y hasta pretenden- siempre con ella- someterme a sus caprichos. Han necesitado mucho tiempo para perfeccionarlo, época tras época, gradualmente, ya que  en los albores era bastante rudimentario. Ahora su potencia ha alcanzado niveles tan altos que su venganza se vislumbra ya con sus barruntos trágicos.

    Solamente dos de las clases de mis hijos son mis enemigos más irreconciliables: los llamados filósofos y los llamados científicos, porque los primeros quieren imponerme su voluntad; y los segundos, porque trabajan para aniquilarme. Se arrastran sobre mi  superficie con  su cosquilleo molesto y se pasan las horas meditando y analizando sobre mi origen y mi constitución, confundiendo -por decirlo así- a los demás hombres. ¿No recuerdas aquella celebre discordia cosmogónica  bíblico-científica sobre mi formación? ¿No recuerdas  tampoco el litigio entre las teorías de la materia y del espíritu, cada una de la cuales intenta explicarme con sus mejores argumentos posibles? No acaban de decidirse por nada, y sus  métodos  de prestidigitación mental son ingeniosos pero contradictorios.

    Los demás viven a su manera. Unos son visionarios, que tienen la esperanza de otra vida superior a la miserable que yo les infundí. Otros  aceptan su  existencia tal y como la ven, con un asentimiento idiota que los hace más adaptables, más apegados a mi compañía.

    Todos me causan miedo. Tengo la  alucinación de  que todos se vuelven contra mí, que los veo perseguirme con un odio mortal, que la rebelión ya se ha emprendido inevitablemente. Siento un agotamiento insoportable, no le veo ya sentido a mi existencia y he pensado en el suicidio. Al fin y al cabo, ignoro cuál será mi destino y, no obstante, mis sufrimientos me consumen sin la esperanza de  alegrías futuras.

    Ellos me han parecido siempre la expiación de mi  culpa, y como nada espero y el desaliento me embarga, he preferido morir, y que todo concluya de  una vez. Tú  que me has mirado por centurias enteras,  que me diste   tu fecundante calor para  el seguimiento de la vida a través de renacimientos sucesivos y que  me has visto girar en órbita cerrada a tu alrededor en diligente e indeclinable custodia, conoces más que nadie mi desdicha y por tanto cuento con tu ayuda    inmediata  para mi desaparición…

    En primer término, deseo morir amorosamente. En uno de estos días, cuando despierte de mi sueño nocturno, y aparezcas radiante con tus cabellos de fuego por las llanuras orientales del cielo, dame un prolongado beso de amor que vaya calcinando mis entrañas de un modo gradual… Un estremecimiento convulsivo agitará toda mi circunferencia, en un espasmo fatal, y abismos insondables se abrirán en mí misma  con sordos rumores.  Caerán las montanas con quebrantamientos  ensordecedores hasta el fondo de los océanos, en cuyas aguas oscuras habrá de naufragar todo aliento de vida, sofocado por la furia de semejante cataclismo.

    Desde lejos intenta abrazarme por primera vez, esposo mío.  Escucharás mis estertores agónicos y verás la ígnea materia esparcida sobre mí desde el fondo de los volcanes en erupción.  Contemplarás las barreras de sombras cernidas sobre los horizontes lejanos, estratos funestos que se verán rasgados por el luminoso bisturí del rayo.

    Pero no tengas compasión, esposo mío. Cálame hasta lo más hondo con tus manos ardientes y evapora hasta la última gota de mi sangre. El temblor de mi corazón sonará en los espacios inmensos como el golpe de  una almádana sobre un yunque de bronce. Entonces, dentro de mí, en todas las ciudades, bajo los cielos pavorosos, con insólitas angustias y súplicas inútiles, presas de terrores inauditos, los hombres irán por las calles invadiendo los caminos, formando espesas muchedumbres, pero ya vanamente, porque tarde o temprano, quedarán sepultados para siempre sin posibles resurrecciones, pues yo moriré con ellos …, y habré de dividirme en fragmentos innumerables que se dispersaran por la inmensidad del espacio, y las antiguas civilizaciones que existieron, y yo misma, escenario grandioso de sus florecimientos y decadencias, no serán más que nada: un mundo que desaparece, un planeta que se extingue, que lentamente irá borrándose en el recuerdo de mi Padre... l

    Dinápoles Soto Bello es profesional de la Física y la Matemática

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