El Nizao, una cuenca vital

    El camino a Palo de Cruz es tortuoso, lento y abrumadoramente hermoso. Saliendo desde Santana, en San José de Ocoa, y bordeando el río Mahomita, el murmullo permanente de las aguas, un salto allá y otro acá, la presencia de una que otra laguna de montaña y un trillo con orquídeas silvestres conduce a la cuenca media del Nizao. A lomo de mula, poco a poco nos alejamos de la orilla del Mahomita para tomar el lado de Arroyo Grande

    Como todos los afluentes del Nizao, Arroyo Grande discurre con violencia desde una altura de 1,600 metros hasta los 900 en que se junta con el Mahomita, un poco más arriba de la carretera que une a San Cristóbal y San José de Ocoa.

    Arroyo Grande tiene una variedad de saltos y sus consecuentes charcos de aguas azules y prístinas. El arrastre natural en estas corrientes al sur de la cordillera Central no se refleja en esta parte y las norias de agua transparente atraviesan los trillos de suelo arenoso.

    La crisis de la caficultura es perceptible y la recuperación también. Plantaciones abandonadas de Arábica se alternan con nuevos emprendimientos impulsados por el alza de los precios. Los campesinos de la zona revelan que algunos han retornado en un intento por recuperar sus plantaciones, aunque el abandono de años no augura resultados inmediatos.

    La caficultura ha sido una barrera contra la depredación masiva de la cuenca media del Nizao. Pese a que durante años el gobierno impulsó programas de reforestación con especies importadas no vinculadas a la cultura y a la producción local, la realidad es que el café sigue siendo la  opción natural y cultural en esta parte de la cuenca media del río.

    El café tradicional, sembrado a la sombra, garantiza el tipo de cobertura que se necesita en esta parte de la vertiente sur de la cordillera Central. Desde Arroyo Grande hasta Palo de Cruz toda la montaña ha sido quemada y depredada, el esfuerzo de las brigadas de reforestación puede verse, pero resulta enano ante las dimensiones del desastre.

    Las brigadas, sin embargo, tienen un doble efecto que debe destacarse, el ingreso de RD$6 mil al mes de los brigadistas mejora sus condiciones de vida y en muchos casos los anima a sembrar café, la única actividad productiva que conocen.

    Dieciséis  brigadas integradas por hombres y mujeres, dirigidas siempre por las últimas, trabajan en la reforestación de la cuenda media del Nizao. El área es relativamente pequeña, la cuenca completa no pasa de mil kilómetros cuadrados, la menor de los cuatro “grandes” ríos dominicanos, pero la más  aprovechada.

    Esta cuenca y la explotación de sus ríos con el Nizao a la cabeza producen el 40% de toda la energía hidroeléctrica del país y el 40% del agua que consume la capital y San Cristóbal. También, el agua de riego para Peravia y San Cristóbal, así como el agua para otros seis municipios y un centenar de comunidades.

    En términos de infraestructura el complejo Jigüey-Aguacate-Valdesia-Las Barías, el acueducto Valdesia Santo Domingo y los canales Marcos A. Cabral y Nizao Najayo implican una inversión superior a los US$1,500 MM. Todo en una cuenquita de mil kilómetros cuadrados.

    Salvar la cuenca media del Nizao es una responsabilidad histórica de la sociedad dominicana, si el Estado pagara los servicios ambientales de los montañeros del Nizao, todos serían millonarios, pero no es así. Como en todas las zonas montañosas, la pobreza y la belleza luchan cuerpo a cuerpo.

    Palo de Cruz, es un nombre, nada hay en este lugar más allá de un amarradero de mulos y la singularidad de que  se captan todas las señales telefónicas. La omnipresencia de los celulares se percibe más que en ninguna parte, después detodo, es el  firme de una hilera de montañas y jaldas escabrosas donde en alguna época hubo café. Hoy el helecho seco cuenta  que el fuego consumió todo lo que había.

    La zona está siendo reforestada. Plantar árboles es difícil en un lugar de niebla casi permanente y de tierra pantanosa, pero  luego de plantados nada detiene su crecimiento. Julio César Domínguez, quien nos acompaña en la aventura, evoca sus años juveniles  y dice que todo esto era café.

    Palo de Cruz es un paraje ventoso e inhóspito para quienes no acostumbran la montura animal y se asustan del tránsito por trillos entre picacho y picacho. El camino pareciera que no conduce a ninguna  parte aunque la abundancia de agua habla de que las fuentes están más arriba.  A tres horas de mula, el ruido nos encuentra de nuevo con un Mahomita distinto, mucho más violento, de fuerte escorrentía y sobre todo teñido por las aguas del arroyo Colorado.

    A estas alturas, con temperaturas medias de 15 grados y con una humedad altísima, descubrimos que el Mahomita es una frontera para un bosque de manaclas. Al norte las manaclas coexisten con variedad de latifoliadas, los pies se hunden hasta después del tobillo pero no es lodo, pareciera que el agua límpida discurre varias pulgadas por encima del suelo. En el lado sur del Mahomita, depredación, un mar de tocones podridos y el Colorado, un arroyo de aguas rojizas pero limpias.

    El área entre uno y otro es un vallejuelo intra montano de apenas unos kilómetros cuadrados, comparable a un pedazo del paraíso. 

    Pericos y caos despiertan junto al resoplido de las monturas. La confluencia cercana se escucha como un choque desigual y el olor de las flores del guineo manzano se mezcla con el del tebenque.

    Amanecer en este lugar es ganarle un pedacito al cielo y… es gratis.

    Rostro del progreso

    Luego de una hora de camino empinado a lomo de mula, solo se escucha el sonido del viento sobre los árboles, el discurrir lejano del arroyo y los pasos de las otras mulas. La quietud y la soledad se rompen violentamente, una bocina a “toda máquina” suena una bachata de moda y nos advierte que no hay lugar a salvo del ruido. “Es la casa de William González”, nos dice el guía que advierte la compra de un equipo de música y la prosperidad de la familia montañesa. A pesar del ruido la parada es obligada, el patio de William es el descansadero de los animales y los mulos entran solos a pesar de la prisa que tenemos por llegar al arroyo  Colorado antes de que oscurezca. “Hablando un café” supimos que William y su hijo son brigadistas de reforestación de la empresa EGEHID y que con el ingreso de 12 mil pesos mensuales la familia ha ampliado la casa; llevado la energía eléctrica y ha comprado nevera, licuadora y aparato de música.

    Para la esposa, que ha criado 6 hijos, lo más importante es la lavadora, para William el progreso ha sido la adquisición a crédito de una parcela cafetalera de 80 tareas que ya tiene en producción junto a otras 30 de tierras blancas a la que siembra sombra para luego poner café. Para el país y la cuenca media del Nizao, lo trascedente es la incorporación de 110 tareas de sombra cafetalera que además producirán café. Este caso no es único.

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