Cena Romántica

    Hasta ese momento mi menú como chef consistía en sandwiches, pasta y salsa de tomate de pote que nada más hay que calentarla, huevos revueltos, y podría decir que huevos fritos pero no aplica, porque siempre se me desbarataban en el sartén y terminaba medio batiéndolos, lo que lo convertía en un huevo revuelto mal revuelto, o un huevo frito mal frito, depende de si usted ve el vaso medio lleno o medio vacío. Entonces decidí cocinar por primera vez, con todas las de la ley, alguna carne al horno, con un buen acompañamiento y una ensalada de entrada. Me la quería botar. Hablé con una amiga chef profesional, Ana Laura, para que me asesorara en este ambicioso proyecto en el que me embarqué. Unas pechugas de pollo rellenas de queso camembert, con papas al horno debajo para que el queso del pollo se derrita encima de las papas, más una rica ensalada de lechugas, tomates y demás vegetales, con un súper aderezo que me tomó prepararlo más que las pechugas. Me di cuenta que me hubiese caído bien haber hecho un par de cenas antes de esa para practicar. La cocina parecía un gallinero después de un huracán. Me veía andando de un extremo a otro como si estuviera entrenando para un equipo de baloncesto. De vez en cuando hacía una llamada en desesperación a Ana Laura y su respuesta siempre venía precedida de un suspiro que quería decir: “este además de principiante me parece que se ha puesto imbécil” y luego me explicaba lo que tenía que hacer. La cena estaba pautada para las 9:30 p.m. Llamo a Annie a las 7:00 p.m. muy emocionado: -“Ok, ya la ensalada está sazonada”, como que había logrado la gran vaina. Me dice -“¿Cómo así?, ¿sazonaste las lechugas dos horas antes de servirlas?, ¿tú no sabes que las lechugas se marean si duran mucho tiempo con sazón? ¿tú no sabes que las lechugas se sazonan cuando se van a comer?”. Mi respuesta fue clara y precisa: “No”. Si mal no recuerdo le agregué un par de malas palabras después del no, pero no las puedo decir por este medio. 9:00 p.m. se me olvidó agregar un ingrediente al delicioso sazón que está dañando las lechugas: Tocineta. El “juidero”, en lo que sigo preparando el pollo abrí el paquete de tocinetas. Para eso cojo un cuchillo y olvido una lección básica que aprendí en el Centro Excursionista Loyola: cualquier movimiento del cuchillo debe ser alejándose del cuerpo, no acercándose, por si se resbala no te corta. Se resbaló y me hizo un “sajao” por el cual grité tres malas palabras nuevecitas, que recién me inventé para la ocasión. Llamé a mi novia, ahora mi esposa, que en ese tiempo era estudiante de medicina: - “¿en qué tiempo llegas?”. - “Ya casi llego”. -Pues dale rápido para ver si me tienes que llevar a darme puntos”. – “¡¿Cómo?!”. Llegó y vio que aun fue una gran herida no era necesario coser. Me hizo un gran vendaje, y nos sentamos a cenar. Ahí está la mesa: Unas bellas pechugas de pollo rellenas de queso camembert sobre papas horneadas, más una ensalada de lechugas gelatinosas, babosas y mareadas, pero eso sí, con un pendejo sazón que cualquiera se enorgullece, más un dedo de la mano izquierda recién “llevao”. Fue una velada muy romántica, de vez en cuando tocaba o agarraba algo con la mano izquierda y siempre decía “ay, ay, ay”.

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