Conciencia nunca dormida

    Gaspar Núñez de Arce (1834-1903) se burlaba de la poesía de su compueblano sevillano Bécquer, a la cual calificaba de “suspirillos germánicos” en alusión a poetas alemanes que supuestamente imitaba. Pero a pesar de sus virtuosismo lírico, nunca pudo superar la sencillez, la nitidez de una poesía que era puro concepto, puro pensar de la poesía en cuanto poesía, como les gusta a José Mármol y Plinio Chaín.

    Núñez de Arce se interesaba por temas filosóficos y sociales, cuando no políticos. En “Gritos del combate” (1875), su libro más importante, castiga a los Austrias “que han envilecido / la corona en su cabeza”, y en el poema “A España”, la condena sin apelación como culpable de sus propios males:

    Roto el respeto, la obediencia rota, / de Dios y de la ley perdido el freno, / vas marchando entre lágrimas y cieno, / y aire de tempestad tu rostro azota. / Ni causa oculta, ni razón ignota / busques al mal que te devora el seno; / tu iniquidad, como sutil veneno, / las fuerzas de tus músculos agota. / No esperes en revuelta sacudida / alcanzar el remedio por tu mano / ¡oh sociedad rebelde y corrompida! / Perseguirás la libertad en vano, / que cuando un pueblo la virtud olvida, / lleva en sus propios vicios su tirano.

    Como era de rigor entre los románticos, detestaba el culto de la razón y afirmaba que “los poetas... no deben escribir para ser explicados, sino para ser sentidos”. Eso justifica su encono contra una de las grandes figuras del siglo de las luces, Voltaire:

    Eres ariete formidable: nada / Resiste a tu satánica ironía. / Al través del sepulcro todavía / Resuena tu estridente carcajada. / Cayó bajo tu sátira acerada / Cuanto la humana estupidez creía, / Y hoy la razón no más sirve de guía / A la prole de Adán regenerada. / Ya sólo influye en su inmortal destino / La libre religión de las ideas; / Ya la fe miserable a tierra vino; /Ya el Cristo se desploma; ya las teas / Alumbran los misterios del camino; / Ya venciste, Voltaire. ¡Maldito seas!

    Núñez de Arce era enemigo del “sueño de la razón (que) produce monstruos” como escribiría Goya en uno de sus “Caprichos”. Ocasionalmente, en un famoso “Soneto”, parece incluso renegar de las ilusiones de eternidad:

    Cuando el ánimo ciego y decaído / la luz persigue y la esperanza en vano; / cuando abate su vuelo soberano / como el cóndor en el espacio herido; / cuando busca refugio en el olvido, / que le rechaza con helada mano; / cuando en el pobre corazón humano / el tedio labra su infecundo nido; / cuando el dolor, robándonos la calma, / brinda tan sólo a nuestras ansias fieras, / horas desesperadas y sombrías, / ¡ay, inmortalidad, sueño del alma / que aspira a lo infinito! si existieras, / ¡qué martirio tan bárbaro serías!

    Uno de sus más ambiciosos y logrados poemas es “El vértigo”, basado en una leyenda feudal, drama de un fratricidio que impresiona por la calidad pictórica de sus imágenes y la descarnada representación del choque entre la maldad y la bondad humana y el peso de la conciencia en la que el autor pone una ingenua fe.

    En impecables décimas describe el poeta el poder y la maldad del señor feudal Juan de Tavares, que todo lo puede y a quien todos temen:

    Guarneciendo de una ría / la entrada incierta y angosta / sobre un peñón de la costa / que bate el mar noche y día / se alza gigante y sombría / ancha torre circular / que un rey mandó edificar / a manera de atalaya / para defender la playa / de los piratas del mar / Dio magnánimo el monarca / en feudo, a Juan de Tavares / las seis villas y lugares / de aquella agreste comarca / Cuanto con la vista abarca / desde el alto parapeto / a su yugo esta sujeto / y en los Reinos de Castilla / no hay señor de horca y cuchilla /que no le tenga respeto. / Para acrecentar sus bríos / contra los piratas moros / colmole el rey de tesoros / mercedes y señoríos / mas cediendo a sus impíos / pensamientos de Luzbel / desordenado y cruel / roba, incendia, asuela y mata / y es mas bárbaro pirata / que los vencidos por él.

    A mitad del poema, casi para endulzar, aliviar los ánimos del lector, dibuja Núñez de Arce uno de los más extraordinarios paisajes de la literatura española, una imagen poética que puede pintarse, que además no está fija, que se mueve como las imágenes de una película:

    Una noche, una de aquellas / noches que alegran la vida / en que el corazón olvida / sus dudas y sus querellas / en que lucen las estrellas / cual lámparas de un altar / en que convidando a orar /la luna como hostia santa / lentamente se levanta / sobre las olas del mar.

    Cuando el desalmado y atormentado Juan de Tavares invita a su hermano a batirse para darle muerte, éste lo desarma con palabras que parecen puñales y se entabla un diálogo que alcanza las más altas cumbres de la tragedia y del pensar profundo:

    -Hiere si intentas herir / el golpe aguardo sereno / y yo en cambio te condeno / al suplicio de vivir. / Adonde podrás huir, / que no te alcance el castigo? /
    buscarás en vano abrigo / otros climas y otras playas / mas donde quieras que vayas / irá tu crimen contigo. / Desde el día que nací / -añade airado y convulso / obedezco a extraño impulso / y no soy dueño de mi / Lucha, pues armas te di / para ganar la partida / que si en la lid fratricida /no opones el hierro al hierro / Juro a Dios, que como un perro / voy a arrancarte la vida.!! / Hazlo!!, contesta su hermano / a tus instintos me entrego / que no detendrá mi ruego / los ímpetus de tu mano. / Mi muerte será oh tirano! / tu expiación mas tremenda / y rompo la espada en prenda / de que no quiero cobarde / ni acero que me resguarde / ni piedad que me defienda. / Dice, y quebrando después / la bruñida y sutil hoja / en dos pedazos la arroja / de su verdugo a los pies. / avanza tranquilo y es / su porte grave y austero / -Guarde cada cual su fuero- / dice - y ya que es tu sino / mata como un asesino / mas no como un caballero. / Don Juan vacila un instante / con su conciencia batalla / pero al fin la envidia estalla / mas soberbia y mas pujante. / -Imbécil!! recojo el guante !!- / dice con áspero tono / y arrastrado por su encono / contra el desdichado cierra / que cae exánime en tierra / exclamando -Te perdono- / Su razón se turba, un velo / de sangre nubla sus ojos / y cubren vapores rojos / el mar, la tierra y el cielo
    Con desesperado anhelo / Nada su pavor mitiga / y su marcha abrumadora / se prolonga hora tras hora / sin ceder a la fatiga / Su propio crimen le hostiga / con creciente frenesí / hasta que fuera de sí crispado, lívido, yerto / se desploma junto al muerto / gritando -Infeliz de mi!!! / Cuando su manto repliega /
    la triste noche sombría / tres muertos alumbra el día / en la solitaria vega. / Don Luis, que en sangre se anega / y yace en tranquilo sueño: / Don Juan, cuyo torvo ceño / muestra su angustia final / y el lebrel, noble y leal / tendido a los pies del dueño. / Conciencia nunca dormida / mudo y pertinaz testigo / que no dejas sin castigo / ningún crimen en la vida / La ley calla, el mundo olvida / mas, quien sacude tu yugo? / Al Sumo Hacedor le plugo / que a solas con el pecado /fueses tu para el culpado / Delator, Juez, y Verdugo.

    No dejo de pensar que Núñez de Arce describió en este poema antológico casi el mismo drama de Raskolnikov en la novela “Crimen y castigo” de Dostoievski. Raskolnikov, el joven estudiante, asesina a una anciana por curiosidad intelectual, más que para robarle, y al final, después de un intenso juego de inteligencia entre el criminal y el investigador del crimen, el primero es vencido por el peso de la conciencia, el arrepentimiento, y termina confesando, pagando en Siberia con creces todos sus pecados.

    Pero la fe en la conciencia es ingenua y es falsa. El psicópata no tiene conciencia ni sufre de remordimientos. Incurre en hechos de sangre, “roba, incendia, asuela y mata” y lo disfruta a plenitud. Kissinger, por ejemplo, nunca se arrepentirá de su condición de genocida.

    Ni los monarcas que otorgan el poder, que nombran asesinos al frente de la policía, ni los jefes de policía que practican el asesinato y el robo como política de estado sienten el menor remordimiento ni tienen conciencia culpable.
    Macbeth perdió el sueño para siempre cuando mató a su rey, y dormiría “en la tortura de los sueños espantosos que” lo agitarían, pero Macbeth no era un psicópata.

    Lástima que no sea igual para todos.

    (A Modesto Medrano Monción, inolvidable maestro de literatura) l

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