Robando tarjetas

    El cuerpo humano funciona raro. Cuando uno es adolescente empieza a explorar ese mundo interesante de los varones y las hembras. Es una jugada sucia de la naturaleza, porque cuando dices: “debo verme bien para esta chica”, la naturaleza te  dice: “pues no, esto es lo peor que te vas a ver en tu vida”. Y te regala una cantidad enorme de espinillas, rodeadas de grasa en toda la cara, y cuando tratas de hablar de manera interesante para que la otra persona vea que lo de adentro es mejor que lo de  afuera, la naturaleza te regala los gallos más vergonzosos.

    Este descubrimiento de este mundo maravilloso nos llevó a una obsesión por las tarjetas. Las tarjetas de amistad, las de te quiero, las de eres alguien especial para mi,  muchas graciosas, otras puramente románticas. Empezamos a comprar sin saber a quién regalarlas, pero era chulísimo tener un paquete en la casa. Nadie en particular a quien entregársela, simplemente tener un viaje en la gaveta era importante.

    La necesidad de tener tarjetas se mezcló en algunos con la necesidad de hacer travesuras. No es difícil lograr esta mezcla. Solo tienes que ir al sitio donde vendan las tarjetas, compras un par, y de paso tratas de llevarte otro par en el pantalón.

    En una ocasión fui a la tienda con mi amigo y tocayo Carlos, un gran creador de travesuras. En mi mente estaba comprar mis par de tarjetas que me alcanzaban con el dinero que tenía. Él ideó rendir ese dinero un poco más.

    - Vamos a robarnos un par, mételas en el pantalón. -¿Loco y porqué? -Porque así tenemos más. -¿Para qué más? -Por si acaso -¿Por si acaso qué? -Yo no sé, pero hay que tener más. -Es cierto, vamos.

    Vamos a pagar. Por un lado la mercancía a pagar exhibida, por otro lado la mercancía escondida. Los nervios hacen su función, llegamos a la cajera, miramos a todos lados, pagamos, recibimos el vuelto, salimos del negocio, sacamos las escondidas, las metemos en la funda junto con todas, aparentemente todo salió bien, hasta que escuchamos: “jóvenes, háganme el favor”.

    “Diga”, muy seguros, haciendo que no pasa nada, privando en hombres cuando no eramos ni 3/8 de hombre. “Déjeme ver su compra y la factura”. Ya teníamos todo en una funda y se la entregamos. Él la revisa y dice: “Estas están pagadas se la pueden llevar, estas no están pagadas no se la pueden llevar” y se va. Era tan fácil uno simplemente agradecer y decir: “diablos, nos agarraron, qué suerte que no nos pasó nada, vámonos”, pero aquí entra una cualidad que determina en alto porcentaje la estupidez del ser humano: el orgullo. ¿Cómo yo voy a dejar que me agarren así nada más?. “¿cómo así?, nosotros pagamos”, justo inmediatamente algo dentro de mi me dijo “Si vas a un concurso de imbéciles, ganas segundo, por imbécil..., pero sigue, que ahora no puedes echar para atrás, mantén tu orgullo”. El señor dice: “pues vengan con nosotros”.

    Nos llevó a una oficinita lejos de todo. Nos trancó en este sitio con otro seguridad de la empresa, de castigo nos puso a pagar el triple por esas tarjetas (que muy probablemente no fueron a la contabilidad de la empresa, sino de él). Le grité a Carlos que ya no tenía dinero, que lo pagara y que lo pagara rápido. Carlos pagó después de yo haber hecho un baile de tembladera de rodillas, con sudores y gallos.

    Nos fuimos. Salimos de la tienda y mi amigo Carlos iba muerto de risa, mientras yo pensaba: “Este es un idiota por estar muerto de risa, y yo soy un idiota por orgulloso. Qué pareja de idiotas”. 

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