¡Prioridad uno!

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La primera de las leyes dadas a la humanidad aun vigente es: Amar a Dios sobre todas las cosas…. Ésta deja de ser una orden inmediatamente la observamos, porque “amarle” es ver nuestra insignificancia ante lo inconmensurable de su Ser, aceptar Su mayor grandeza, amar y perdonar con entrega indescriptible a quienes nada merecen. ¿Por qué llegar a tal convencimiento? Como consecuencia de una abrumadora realidad, de una desbordante avalancha de evidencias, manifiestas en medio de las más profundas aflicciones, ¡cuando sólo Él encaja! Y es que Dios nos ama como si fuéramos el único ser en la tierra a quien amar, centra su atención en nuestro dolor, contesta nuestra oración como su prioridad, convierte nuestros enemigos en los suyos y nuestros sueños en su causa.